Tienes doce años. Te llega la menstruación por primera vez.
Es de noche. No hay luz, no hay agua, no hay baño. No hay una mamá que te lo explique, ni una tía que te abrace ni una profesora que lo haya nombrado antes. No hay toalla; solo miedo y vergüenza. Solo tú, y sangre.
Así empieza la vida menstrual de muchas niñas en los márgenes del Caribe colombiano: en zonas donde la pobreza no es coyuntura, sino estructura; donde la carencia es política y el silencio, método; donde el cuerpo de las niñas no es acompañado, sino disciplinado; donde el agua llega en camiones —si llega— y la menstruación se vive como amenaza, no como transición.
A eso, desde los propios territorios, muchas mujeres le ponen nombre: pobreza menstrual.

Y sí, el término importa, porque nombra, porque denuncia, porque duele. Pero incluso ese nombre resulta insuficiente: no alcanza a decir lo que se siente cuando una niña menstrua sin lenguaje, cuando la vergüenza llega antes que la palabra, cuando el cuerpo no se nombra y por eso no existe como cuerpo digno.
Lo que esas niñas viven no es solo una carencia; es una frontera.
Una frontera entre las que pueden hablar de su cuerpo y las que deben esconderlo, entre las que tienen derecho a nombrarse y las que solo aprenden a callarse, entre las que son acompañadas y las que son dejadas solas con la menstruación, con el susto, con el mundo —que no las mira—. Los cuerpos menstruantes, negros, indígenas, empobrecidos y femeninos, cargan primero el abandono; luego, el silencio.
Y casi nadie los nombra. Porque cuando una niña menstrúa y no tiene palabras, no solo se le niega un producto, se le niega un derecho, una historia, se le niega la posibilidad de entenderse como cuerpo digno de cuidado.
Este es el punto ciego del 8M
Cada marzo, el mundo se llena de frases sobre el poder femenino: se imprimen pancartas, se suben hashtags, se repiten conquistas. En las ciudades marchamos, gritamos, cantamos. Y sí, celebramos lo ganado, y hay mucho por lo que alzar la voz.
Pero hay algo que no siempre se mira: la distancia brutal entre el centro que conmemora y la periferia que sobrevive. Porque mientras en el centro hablamos de libertad, en los márgenes hay niñas para quienes la palabra ‘derecho’ aún no ha tocado el cuerpo.
Niñas que no pueden celebrar el 8M porque ni siquiera tienen garantizado lo mínimo: agua, baño, información, acompañamiento, una toalla. Niñas para quienes menstruar no es un símbolo de feminidad, ni una conversación política; es una vergüenza aprendida, una herida que se repite, un silencio que no cesa.
Pero incluso ahí, hay mujeres que se quedan. Y cuando digo ‘quedarse’, no hablo de resignarse; hablo de resistir, de pararse frente al abandono, de inventar lenguaje donde solo había silencio, de organizar redes donde el Estado no llega, de sembrar dignidad donde solo hay carencia.
Ahí aparece Sabahbinta, un movimiento feminista comunitario fundado por Adalis Ruiz Rivadeneira, desde y para los territorios del Caribe. Adalis lo dice claro:
‘Sabahbinta nace desde la ancestralidad, desde los saberes propios de las niñas y mujeres de nuestras comunidades. enseñamos que la menstruación no es un “asunto de mujeres”. es un derecho que todas debemos ejercer en condiciones dignas, en libertad, sin vergüenzas ni tabúes’.
Y eso hacen. Sabahbinta no entrega caridad. Entrega herramientas. Entrega palabras. Entrega autonomía.

En lo que va del año, han repartido cientos de kits, han realizado talleres, han garantizado acceso a agua y, sobre todo, han creado espacios seguros para hablar del cuerpo. Lo hacen sin financiación estatal, lo hacen porque nadie más lo hace.
Sus talleres no empiezan con datos, sino con preguntas. Hablan de vulvas, de placer, de cuidados; de miedo, de dignidad, de futuro. Y su impacto no se mide en productos.
Se mide en algo más profundo: en una niña que por fin puede decir: ‘esto me está pasando’, sin miedo, sin vergüenza. Y que algún día pueda decirlo con orgullo: ‘soy mujer menstruante’.
Este marzo, cuando nos inviten a celebrar a las mujeres, preguntémonos: ¿A quiénes estamos celebrando? ¿A las que tienen los hashtags? ¿O a las que, en los territorios, levantan redes, baños y palabras, sin recursos, pero con todo el cuerpo presente?…
Porque mientras la menstruación siga siendo una frontera, el 8M no llegará a los márgenes.
Por: Paola Cazarán.
