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Muy poco indio cuidando tanta tierra: un homenaje íntimo y político a quienes protegen la vida

Muy poco indio cuidando tanta tierra: un homenaje íntimo y político a quienes protegen la vida


La primera lección de mi madre no fue en palabras, fue en semillas. Aprendió de la tierra sin necesidad de libros, solo observando, escuchando.


Mi madre se inclina sobre la tierra como si orara; conoce sus ritmos, su lenguaje secreto. Sabe cuándo sembrar y cuándo esperar; qué planta cura, qué hoja se come y qué raíz se respeta. No aprendió eso en un aula, sino de su madre y de la madre de su madre. En su piel y en su memoria habita un conocimiento que no aparece en diplomas, pero sostiene la vida.

Nos contaba cómo su infancia en la finca estaba regida por estaciones, lunas y lluvias. Decía que hasta para cortarse el cabello había que mirar al cielo; que la tierra hablaba, si uno sabía escucharla. Nos relataba de los juegos en los árboles donde se trepaba, de lanzarse al río colgada de un bejuco, de ponerle hojas de maíz al cerdo para salir corriendo, incluso del velorio que le hicieron a los insectos. Todo desde el respeto, la alegría y la conexión con lo vivo.

Crecí entre historias que parecían cuentos, pero eran enseñanzas profundas: duendes que cuidaban los caminos, árboles que se ofendían si los tocabas sin permiso, animales que avisaban cuando venía la tormenta. En la casa de mi abuela, nunca faltaron las matas de yuca, plátano y aguacate. Ella pasaba los días cuidando su solar, conversando con los animales, agradeciendo por lo que la tierra ofrecía. No era dueña de nada, era parte de todo.

Esa conexión con la tierra no era solo emocional; era política, económica y espiritual. De la tierra salía el sustento para una familia de nueve: siete hermanos, una madre y un padre, quienes nunca negaron sus raíces indígenas y campesinas. Allí había saber, dignidad y memoria; allí había futuro. Hoy, el mundo habla de sostenibilidad: hay días internacionales, cumbres, campañas. En efecto, es importante asumir actos conscientes como reducir la huella de carbono o conocer la agenda ambiental. Pero este texto no es sobre lo que tú puedes hacer por la Tierra, sino sobre quienes la han cuidado siempre y cómo han sido ignorados.

Se dice con desdén que “hay mucha tierra para tan poco indio”; pero la verdad es otra: hay muy poco indio cuidando tanta tierra. Los pueblos indígenas representan menos del 5% de la población mundial, pero protegen más del 80% de la biodiversidad restante. Y, sin embargo, siguen siendo marginados, desplazados y asesinados. Solo en 2023, más de sesenta líderes ambientales fueron asesinados en Colombia. Muchos de ellos eran indígenas que defendían ríos, montañas, selvas… la vida.

Colombia es el segundo país con mayor biodiversidad del mundo, después de Brasil. Un 60% de su territorio se encuentra en zonas rurales e indígenas, donde se protege buena parte de su riqueza natural. En este país de selvas profundas, páramos frágiles y océanos infinitos, el conflicto por la tierra sigue siendo el más antiguo. Los pueblos wayuu, nasa, arhuaco, tikuna, emberá, achagua, entre muchos otros, han preservado su vínculo con el territorio a pesar de siglos de despojo.

Sus conocimientos no caben en laboratorios ni en informes, pero sostienen lo que hoy llamamos equilibrio planetario. Son custodios de agua, semillas, lenguas, estrellas. No son solo defensores ambientales, sino auténticos cuidadores de vida, guardianes del equilibrio, sembradores de paz. Muchas de sus prácticas son invisibilizadas, pero fundamentales: la chagra amazónica, por ejemplo, enseña a sembrar en diversidad, imitando los ciclos del bosque. En la Sierra Nevada, los pueblos arhuacos enseñan a “pagarle” a la tierra con rituales de ofrenda.

En los llanos, los achagua siembran en el tiempo del canto de las aves, y los emberá cuidan los nacederos como lugares sagrados, donde no se puede hablar fuerte ni pescar. Para ellos, cuidar la tierra es cuidar la palabra, el equilibrio, la vida. Y aun así, resisten, cuidando lo que preserva la vida Por eso fue tan relevante que Colombia fuera sede de la COP16 de Biodiversidad, celebrada en Cali en 2024. Bajo el lema “Paz con la naturaleza”, se propuso vincular la conservación ambiental con la construcción de paz en un país marcado por décadas de conflicto armado.

Realizarla en una región como el suroccidente colombiano —golpeada por la violencia— fue un acto político y simbólico. Porque aquí, donde la violencia ha dejado cicatrices, también hay caminos de transformación. En Casanare, mi tierra, la guerra dejó campos minados, familias fracturadas, territorios heridos. Pero hoy, gracias a su biodiversidad, se reactiva desde otro lugar: el aviturismo. Con más de 600 especies de aves, se ha convertido en destino de observadores de todo el mundo.

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Llaneros —herederos del pueblo achagua— han elegido no vender sus tierras a petroleras ni a monocultivos. Prefirieron transformar sus haciendas en reservas naturales. Allí enseñan a los visitantes cómo es un día de vida llanera: sin prisa, sin artificios, con la tierra en las manos. No es solo una estrategia económica, es una forma de proteger sus raíces, de honrar sus herencias, de cuidar la tierra que les dio todo y, además, de construir un futuro más justo.

Pocos saben que el oxígeno que respiramos no solo proviene de los árboles, sino también del océano, equilibrado por los arrecifes. Todo está conectado: el agua, la tierra, el clima y la vida…, así como lo están las luchas. Por eso, proteger la biodiversidad no es solo un asunto ambiental; es un asunto de derechos, de justicia, de memoria.

En mí habita todo eso: soy herencia indígena, campesina, llanera. Lo reconozco con orgullo: la tierra vive en mí, en mi madre, en mi abuela, en cada semilla que resistió el olvido. Y yo también la escucho. Cuando mi madre pone una semilla en la tierra, también está sembrando memoria, y al contar esta historia, yo también siembro futuro. Este texto no es un llamado a reciclar; es un reconocimiento a quienes sostienen la vida todos los días, a quienes no se desvincularon de la tierra cuando otros la convirtieron en mercancía, a quienes siguen creyendo que la paz también se siembra, se riega y florece.


Por: Paola Cazarán.


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