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Verónica Orozco, Viña Machado, Juliana Galvis y Diana Wiswell: lo que no se ve detrás de Las de siempre

Verónica Orozco, Viña Machado, Juliana Galvis y Diana Wiswell: lo que no se ve detrás de Las de siempre

Cuatro mujeres, cuatro trayectorias y una misma fuerza en escena. Verónica Orozco, Viña Machado, Juliana Galvis y Diana Wiswell protagonizan Las de siempre, una serie que pone en el centro a personajes femeninos complejos, reales y profundamente humanos. Entre miradas que hablan, siluetas poderosas y una estética que celebra la autenticidad, ellas encarnan una nueva forma de protagonismo: uno que se viste de seguridad, sensibilidad y presencia absoluta.

Verónica Orozco en Las de siempre: decisiones propias y madurez profesional

Verónica Orozco habla con la calma de quien ha aprendido a escucharse después de varios años de ruido externo. Su voz no es estridente, pero sí firme; surge desde un sitio mucho más profundo que la experiencia o el reconocimiento. Para ella, elegir no siempre fue un acto consciente de poder, sino un proceso que llegó con el tiempo y con la madurez. ‘Por primera vez estoy tomando decisiones con una voz propia. Creía que la tenía hace tiempo, pero realmente no. Ahora sí puedo decir que me siento más en mí que nunca’, confiesa, reconociendo que durante años cargó con decisiones ajenas a su verdadero ser.

¿Cómo ha enfrentado Verónica Orozco la exposición pública desde joven?

Creció bajo la mirada pública desde los trece años, una exposición temprana que moldeó una relación constante con el ‘qué dirán’. Verónica lo dice sin dramatizar: ‘Considero que estoy en un momento en el que realmente poco o nada me importa la opinión de los demás acerca de mí’. A pesar de los años, los protagónicos y una trayectoria sólida, Verónica no habla desde un lugar de superioridad. Al contrario, insiste en que actuar sigue sintiéndose como la primera vez: ‘Para mí, sigue siendo un regalo constante que se reinventa a diario. Cada personaje es diferente y me genera la misma emoción del primero que hice’, describe con una sonrisa que se intuye incluso sin verla. Ese nerviosismo es, para ella, una señal vital: la prueba de que la pasión sigue intacta. ‘Entonces, esos nervios ricos, esas mariposas en el estómago no se quitan nunca. Y ojalá no se quiten, por favor, porque siento que eso es lo que mantiene la belleza de mi profesión’, comparte.

El tipo de personaje que Verónica Orozco quiere interpretar

Cuando se le pregunta qué tipo de personaje elegiría sin pensar en la audiencia ni en la industria, su respuesta se aleja de su zona de confort. Le atrae lo opuesto, lo incómodo, lo que la obligue a salir de sí misma: ‘Me encantaría interpretar a una mujer muy villana, un tanto loca y malvada, algo muy lejano a mí y a todos los personajes que ya he interpretado’, explica, convencida de que lo más desafiante no es parecerse a un personaje, sino todo lo contrario: poder jugar, crear, habitar otra piel, sin referentes personales inmediatos.

Bienestar, yoga y salud mental en la vida de Verónica Orozco

Esa misma claridad aparece cuando habla de lo que ha dejado atrás con los años: el peso del juicio ajeno y la sobrecarga mental. ‘Siento que a veces los seres humanos dejamos de hacer muchas cosas porque pensamos en qué dirán si hago esto o aquello. Me parece que cada vez cargo menos con ese tipo de pensamientos’, comenta, reconociendo también la importancia de aprender a callar la mente. Para ella, el bienestar no es un concepto abstracto, sino una práctica diaria: yoga, movimiento, respiración consciente. ‘Me gusta mucho estar guardadita y guardar mi energía’, explica, consciente de que en un mundo saturado de estímulos y distracciones, protegerse también es un acto de amor propio.

Verónica no niega la ansiedad ni el desgaste que implica vivir en constante observación; al contrario, los nombra con honestidad. Por eso su enfoque hoy es claro: mirar menos hacia afuera y volver, una y otra vez, al centro, como si tuviera paredes a los lados para no ver lo que hacen los demás. Una decisión que no solo habla de su madurez profesional, sino de una mujer que entendió que avanzar a su propio ritmo también es una forma de poder.

Verónica Orozco, Viña Machado, Juliana Galvis y Diana Wiswell protagonizan Las de siempre.

Viña Machado y su personaje Mónica en Las de siempre

La intensidad que Viña Machado transmite en pantalla no surge espontáneamente: se construye a partir de los libretos, de las mujeres que la actuación le ha permitido habitar y de una fuerza profundamente ligada a quien es ella. ‘Me imagino que los personajes están impregnados por esta mujer que soy’, dice, reconociendo que hay una conversación constante entre su fuerza y las historias que eligen contar. En el caso de Mónica, su personaje en la serie Las de siempre, el reto fue precisamente contener esa energía natural: ‘Mónica no es una mujer que reacciona, es una mujer que acepta la vida sin ser una víctima y sigue hacia adelante’, describe. En escenas de discusión, Viña tenía que detenerse a sí misma y repetirse: ‘Mónica no reacciona’. Ese ejercicio de pausa —de medir el impulso— se convirtió en una forma de respeto profundo al personaje.

¿Cómo protege Viña Machado su vida privada y su salud mental?

Proteger esa sensibilidad, en una industria que exige exposición constante, ha sido una decisión consciente. Viña cuida con celo su vida privada. Su hogar, su hijo, su círculo cercano funcionan como un refugio: ‘Mi casita es mi casita’, comparte con una claridad casi tierna. ‘Soy muy celosa de mi entorno y creo que esa es la manera de proteger mi vulnerabilidad, mi sensibilidad, mi corazoncito y mi salud mental. Es como estar muy resguardada en mi hogar’, afirma.

La maternidad y la dulzura detrás de Viña Machado

Hay una versión de ella que rara vez aparece frente a la cámara, pero que sostiene todo lo demás: la dulzura. La descubrió, curiosamente, a través de la maternidad. Viña se describe como una mujer profundamente maternal, incluso en los sets de grabación. Es una faceta que resguarda en espacios donde se siente verdaderamente segura.

¿Qué motiva a Viña Machado a seguir actuando?

A pesar de una carrera sólida y diversa, lo que sigue emocionándola es siempre el desafío siguiente: ‘El próximo personaje y la parte creativa son lo que más me motiva a seguir actuando’, señala. Viña habla de cómo los guiones se quedan habitando su cuerpo y su mente incluso fuera del set. Leer dos historias distintas puede cambiarle el ánimo y la energía del día. Cocinar, ordenar, volver a lo doméstico son rituales que la ayudan a procesar esas emociones: ‘¿Cómo voy a abrazar a otro personaje? ¿De dónde viene? ¿Por qué habla? ¿Cómo se mueve?’, se pregunta.

También hay una honestidad brutal en reconocer que actuar no es solo vocación, sino identidad: ‘Creo que no sé hacer nada más’, confiesa, sin culpa. Existe el ego, existe el deseo de permanecer, pero Viña ha aprendido a dejar pasar esos pensamientos, como en la meditación. Para ella, actuar es un servicio: entretener, sí, pero también abrir conversaciones incómodas y necesarias. Ahí radica la potencia de su trabajo: en permitir que quien mira se reconozca, se cuestione, se incomode. Porque, al final, como ella misma lo entiende, actuar no es solo interpretar una historia, sino sostener un espejo. Y Viña Machado lo hace desde la berraquera, la dulzura y la honestidad que se sienten —y permanecen— mucho después de que la pantalla se apaga.

Juliana Galvis en Las de siempre: riesgo, transformación y verdad

Juliana Galvis habla de la actuación como quien entiende que el verdadero riesgo no está en exponerse, sino en quedarse quieta. Cuando se le pregunta qué le da más miedo hoy, no duda en responder: repetirse. ‘Si hay algo que me gusta es hacer personajes que me reten, que sé que me van a costar’, precisa con claridad. Para ella, los personajes que valen la pena son aquellos que incomodan, que exigen esfuerzo y obligan a mirarse desde ángulos inesperados. Quizá por eso Silvia —su personaje en la serie Las de siempre— fue tan desafiante: no por lo que vivía el personaje, sino porque emocionalmente se parecía demasiado a Juliana misma. ‘Tenía mucho miedo porque no me quería ver a mí. Entonces trabajé mucho para que se viera distinto’, confiesa.

El cuerpo como herramienta narrativa en la actuación

El cuerpo, para Juliana, es su territorio narrativo. Su pelo —dice entre risas— ha sufrido lo inimaginable: largo, corto, con capul, de todos los colores posibles. Pero no es vanidad, es estrategia actoral. El maquillaje, la textura, incluso la sensación de no verse ‘bonita’ algunos días, forman parte del proceso.

El carácter santandereano en sus personajes

Cuando habla de las herramientas que ha aprendido a usar desde su propia personalidad, Juliana vuelve a sus raíces: Santander. Sobre el carácter de las mujeres santandereanas, dice: ‘Tenemos fama de bravas’. Ese rasgo es, para ella, indispensable en cualquier personaje. No importa si es ingenua, buena, antagonista o dulce: todas deben tener fuerza interna.

Cómo la maternidad transformó a Juliana Galvis

Hoy, cuando piensa en las historias que le gustaría contar, Juliana no busca arquetipos, sino verdad: personajes reales, honestos, complejos. ‘Me gustan los personajes de verdad, que sean honestos y tengan matices. Que pueda interpretar a la más mala, pero que también se ría. O a la más buena, que igualmente sufre’, describe. Para Juliana, actuar es reflejar esa contradicción.

La maternidad marcó un punto de inflexión en su forma de actuar. Juliana lo dice sin rodeos: ‘Desde que soy mamá soy mejor actriz, y creo que esto se debe a que no me importa lo que los demás piensen’, confiesa, no desde el desinterés, sino desde una certeza nueva. Tener a su hija como inspiración cambió su escala de prioridades, su relación con el trabajo y, sobre todo, con ella misma: ‘Hoy creo que siento de otra manera y por eso actúo distinto’.

Desde entonces, Juliana se siente más conectada con sus emociones, más consciente de quién es. Se reconoce tanto en sus virtudes como en sus defectos. ‘Me gusto y me caigo bien. Y me acepto’, dice sin grandilocuencia; se acepta imperfecta. Y esa autoaceptación se filtra, inevitablemente, tanto en su trabajo como en sus personajes y en la manera en que habita cada historia.

Cuatro mujeres, cuatro trayectorias y una misma fuerza en escena.

Juliana entiende algo esencial: uno llega solo y se va solo de esta vida. Por eso, antes que complacer expectativas externas, eligió escucharse, habitarse y quererse. Como ella misma dice: ‘Acepto a este ser humano imperfecto que soy’.

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Diana Wiswell y el poder del silencio en Las de siempre

El silencio, para Diana Wiswell, no es ausencia: es un territorio vivo. En su trabajo actoral, ha aprendido que muchas veces la comunicación más poderosa no pasa por el diálogo, sino por la presencia. ‘Siento que, en ese silencio, en ese compartir de estar ahí, con la atención y la presencia plena hacia el otro, es como un regalo’, reflexiona. En ese intercambio silencioso sucede algo que va más allá de las palabras. Desde técnicas como Meisner —explica—, la adaptación nace justamente de esa escucha profunda: los silencios se cargan de sentido y los ojos transmiten tanto como un monólogo entero. Para Diana, cuando el colega está presente de verdad, entregando su energía y su ser, el silencio se vuelve precioso, casi sagrado.

Cómo ha manejado Diana Wiswell la presión y la mirada externa

Esa conexión invisible también ha redefinido la forma en la que se relaciona con la mirada externa. La presión de ser observada, analizada o encasillada no siempre fue fácil de manejar: ‘En mis veinte, y sobre todo en la adolescencia, me pegó muy duro. Sentía que no cabía en ningún lugar, que nada me pertenecía, una cosa muy loca’. Con el tiempo, sin embargo, sus objetivos se han afinado.

Aceptar que cada quien interpreta desde su propia experiencia ha sido parte del aprendizaje. Diana lo compara con leer un libro: una misma historia puede generar múltiples lecturas, emociones y juicios. ‘Lo que piense la gente es otra cosa porque somos tan diversos. No es posible tener al 100% de la gente en un camino’, afirma con serenidad. Reconciliarse con esa idea se ha convertido en un acto de fidelidad personal. ‘Somos muchos en esta tierra’, dice, y en esa frase hay una calma que solo llega cuando se deja de buscar validación absoluta.

El reto de interpretar a Tania en Las de siempre

Esa misma confianza se ha puesto a prueba a través de sus personajes. Hay roles que llegan antes de que una esté lista y aun así enseñan. Uno de los más recientes, Tania, en Las de siempre, la enfrentó a miedos que no sabía que necesitaba mirar. La maternidad —impensable para el personaje y todavía lejana para ella— se convirtió en una metáfora de los grandes saltos de fe. ‘Todo va a estar bien porque las herramientas van a llegar: las amigas, la familia. Algo va a llegar desde la fuerza espiritual, desde lo material, desde el apoyo’, reflexiona.

¿Cómo cuida Diana Wiswell su vulnerabilidad fuera del set?

Cuando las cámaras se apagan, cuando el ruido del set y las luces se disuelven, hay una parte de ella que necesita volver a casa antes que cualquier cosa: su vulnerabilidad. ‘Mi parte más chiquita’, como la nombra, esa que pide restaurarse después de dar tanto hacia afuera. Diana lo describe como una imagen casi mística: recuperar su ‘lucecita’, traerla de vuelta y cuidarla. Puede sonar intangible, dice, pero es real. Es su manera de proteger la esencia, de tratarse con ternura.


Créditos:

Por: Emilio Gala
Realización: Gerard Angulo
Fotografía: Frances Rou
Mua: Nicolás Díaz Malaver.
Ela Uribe usando Chanel Beauty.
Asistentes de moda: Lucía Zea.
Intern: Atiana Garrido.
Video: Andrés Vargas – Lord Media Studio.
Pr: Camilo Pardo.



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