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El nuevo capricho es esperar en el tiempo y en la escasez

El nuevo capricho es esperar en el tiempo y en la escasez

“Porque en la moda, como en la vida, lo que realmente vale la pena suele hacerse esperar”.

Hubo un momento en el que el lujo era sinónimo de “lo quiero, lo tengo”. Entrar en una tienda de la Avenida Montaigne en París y salir con el shopping bag bajo el brazo era el clímax de la experiencia aspiracional. Sin embargo, algo se ha roto en ese mecanismo de gratificación instantánea. Cuando puedes pedir una cena tailandesa, un automóvil de lujo o un vestido de lentejuelas desde la cama y que llegue antes de que termine el capítulo de la serie que estás viendo, la inmediatez se ha vuelto la nueva normalidad.

Hoy, la verdadera distinción no es poder pagarlo, sino tener la paciencia de esperar por ello.

Bienvenidos a la era del slow luxury: una corriente que no es nueva, pero que en 2026 se ha puesto en boga frente al ruido de TikTok y de las redes sociales. Porque admitámoslo: estamos agotados de las tendencias que caducan en quince días. El algoritmo nos ha vuelto adictos a las novedades y al consumo rápido. Por eso, nos enfrentamos a un tiempo distinto: al momento de la espera y la escasez en el lujo.

Como ejemplo, está el bolso Birkin de Hermès, que ha demostrado que el lujo no se trata de lo que puedes comprar, sino de lo que te permiten poseer. Ese bolso —cuya espera se ha convertido en leyenda y que exige una relación consolidada con la maison— es el precursor de una tendencia que hoy vemos también en los llamados “vinos de garaje” de producción minúscula, o en esos Ferrari que solo puedes comprar si ya tienes otros tantos parqueados en el garaje. Ya no compramos objetos, sino el derecho a no ser excluidos de lo finito.

El nuevo capricho es esperar en el tiempo y en la escasez. Cortesía.

¿Por qué estamos dispuestos a entrar en una lista de espera de meses o incluso años por un bolso de piel curtida artesanalmente o unos zapatos que ni siquiera tienen logo? Porque la espera le devuelve al objeto su esencia.

Cuando algo tarda en llegar, deja de ser “mercancía” para convertirse en “acontecimiento”. Hay una mística casi romántica en saber que, mientras tú sigues con tu vida, alguien en un taller de Florencia dedica cientos de horas de su existencia a dar forma a mano a tu pieza. Esa trazabilidad humana es el diamante de nuestra década.

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Pero no nos engañemos: el lujo lento no es solo una cuestión de romanticismo artesanal; es una bofetada elegante a la cultura del descarte: es elegir una relación monógama con nuestro armario; es preferir una sola pieza con historia —esa que te recordará que tuviste la paciencia de esperarla y de atesorarla—.

Al final, quizá el mayor privilegio contemporáneo no sea acumular, sino permitirnos el lujo de no tener afán. Porque en la moda, como en la vida, lo que realmente vale la pena suele hacerse esperar.


Por: Eleonora Morales.


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