Esta semana viajé a Nueva York a celebrar que H&M presenta nuevamente una colaboración con Stella McCartney. La primera vez fue en el 2006 y, desde entonces, aunque la marca ha trabajado con muchos diseñadores y ha construido algunas de las colaboraciones más interesantes del mercado, nunca había vuelto a invitar al mismo nombre.
En una industria que vive de la novedad, repetir no es lo obvio. No es lo que genera titulares, no es lo que alimenta la sensación constante de “lo nuevo”. Y precisamente por eso, volver a Stella desde el reconocimiento de una voz que sigue siendo profundamente vigente se siente como una decisión cargada de intención. Y si me lo preguntan a mí, si hay un nombre que vale la pena repetir, es el de Stella.

La colección, en sí misma, no intenta resolver una sola idea. Más bien, propone muchas. Conviven un traje gris oversized, de líneas limpias y precisión casi escandinava, con jeans intervenidos por una abertura en forma de estrella en la cadera completamente bordada en cristales.
Hay vestidos de satin con encaje y también piezas más cotidianas: camisetas y hoodies, estampados con un caballo que parece un unicornio, una imagen que, dentro del universo de Stella, no es decorativa sino profundamente personal.
La colección no solo es amplia, es consciente de esa amplitud. Hay algo en ella que no intenta imponer una sola forma de entenderla, sino que deja espacio para que distintas personas encuentren su lugar dentro de ella. Es, al mismo tiempo, impecable en su construcción y ligera en su actitud. Hay rigor, pero también juego. Y esa combinación, que me parece bastante difícil de lograr, es lo que la hace sentirse tan actual y sexy.
Stella McCartney es, sin duda, una de las diseñadoras más consistentes de su generación. Ha construido una práctica que evita por completo el uso de materiales de origen animal, posicionándose como una de las voces más claras en sostenibilidad dentro del lujo. Pero también es hija de Paul McCartney. Su lugar de origen nunca ha sido ambiguo, ni ha intentado serlo.

En un momento cultural atravesado por la discusión sobre el privilegio, Stella no ha intentado negarlo ni suavizarlo; hay, de hecho, algo casi irreverente en la manera en la que lo asume. Porque reconocer de dónde viene no ha estado peleado con construir una carrera que se sostiene. Lo que a veces como cultura olvidamos es que el valor no se encuentra solo en el origen, sino en el trabajo constante, en la coherencia y en las decisiones que se mantienen durante el tiempo.
Del otro lado está H&M, un conglomerado global cuya existencia responde a la lógica del fast fashion: volumen, velocidad, accesibilidad. Y, al mismo tiempo, una de las compañías que más ha invertido en revisar sus propios procesos. Desde la selección de materiales hasta sistemas logísticos, transporte y componentes menos visibles como etiquetas o empaques, existe una infraestructura en constante ajuste que busca reducir impacto, aunque muchas de estas transformaciones no formen parte del discurso público.
Son dos estructuras profundamente distintas, pero con similitudes importantes. Una diseñadora que ha construido su identidad sobre una ética clara, y una corporación que intenta reconfigurar la suya desde adentro. Ambas coinciden en un punto que no es perfecto, pero sí honesto. Ambas trabajan desde la idea de que hacerlo mejor no es un estado al que se llega, sino una dirección que se elige una y otra vez.

La colaboración funciona, entonces, en varios niveles. Es visualmente atractiva. Es comercial. Probablemente se agotará en cuestión de horas. Y también plantea una pregunta más silenciosa que, de pronto, no es relevante para todos los consumidores, pero que para quienes creemos que la moda es un lenguaje que va mucho más allá de crear ropa linda, sí lo es: ¿qué significa avanzar sin negar el punto de partida? ¿Cómo mejorar siendo conscientes de que la perfección es un imposible?
La discusión sobre la sostenibilidad es una que probablemente nunca tendrá un final, pero hay algo valiente en el hecho de seguir intentando. Porque si algo queda claro aquí, es que tanto la identidad como la sostenibilidad no son condiciones fijas. Son procesos. Y, como todo proceso, están hechos de decisiones que rara vez son perfectas, pero que, en el mejor de los casos, buscan ser cada vez más conscientes.
Créditos:
Hair and Makeup @laupantoja
Fotógrafo @byleoph
Modelo y autora: Anamaría Galán.
