Hay una pregunta que me hago cada año al terminar Bogotá Fashion Week: ¿por qué seguimos? No en el sentido retórico. En el sentido real. Porque esta industria agota de una manera que pocas profesiones agotan —y sin embargo, la gente que la habita rara vez la abandona. Yo tampoco. Esta edición me lo recordó con una frase que alguien soltó en un pasillo, sin destinatario: “La moda es divina y horrible a la vez.” Nadie preguntó quién la dijo. Todos la reconocimos.
Antes de la inauguración terminé sentada junto a Kika Vargas y Francesca Miranda. Kika abriría la semana; Francesca la cerraría. Entre las dos hablaban de expansión, de estructura, de retailers internacionales, del arte complicado de delegar —esa parte de la moda que nunca aparece en las fotos pero que define, silenciosamente, quién logra permanecer. En medio de los nervios, Kika le dijo a Francesca entre risas: “A ti al menos te queda más tiempo.” Nadie necesitó explicar a qué se refería. Yo tampoco pregunté. Supe.
Eso es lo que pocas veces se dice: las mujeres que sostienen esta industria llevan dos conversaciones al mismo tiempo. La visible —la colección, el show, la prensa— y la invisible: cuánto tiempo queda, cómo se delega, cómo se permanece. La segunda es la más difícil. Y es la que casi nunca se publica.
Kika Vargas, finalista del premio LVMH con presencia en Saks y Net-a-Porter, abrió en Kínder —un antiguo colegio de Chapinero— con volantes escalonados y flores tridimensionales que oscilaban entre lo romántico y lo escultórico. Francesca Miranda cerró con Halo, veinticinco años después de su primera colección, con un vestido final que la sala recibió en silencio. Ese silencio que no se organiza. Que simplemente ocurre cuando una prenda exige detenerse. “Yo tengo más personas bordando artesanalmente que trabajando en máquina”, dijo. Se veía. Desde la primera fila, sin tocar nada.
Esa semana escuché más de una vez: “Quiero salir corriendo.” Lo decían en serio. Y aun así, nadie se iba. Los shows terminaban y nadie se movía. Los desayunos se convertían en reuniones de industria; los almuerzos, en conversaciones que continúaban en el backstage. A medianoche, Bogotá seguía hablando de moda. Todas estábamos agotadas. Más que disciplina, esto se parece a una adicción. La disciplina pide razones. La adicción, simplemente, consume.
Pero hubo algo más que esta semana reveló. Algo que me importó más que cualquier tendencia: durante años, gran parte de la moda colombiana fue producida para la fantasía climática de otros —resort, calor, color exportable. Esta edición mostró algo menos complaciente. En Culdebal, las telas llevaban océanos y ramas secas como si el paisaje colombiano hubiera decidido, por fin, vestir a quienes lo habitan. En Laura Aparicio, paños café oscuro y volúmenes que no pedían permiso para no ser tropicales. Ropa pensada para habitarla, no para exportarla.
Durante años, Bogotá intentó traducirse para ser entendida afuera. Esta vez ocurrió algo distinto: colecciones menos interesadas en verse internacionales y más interesadas en verse precisas. Precisas a esta ciudad. A su clima. A cierta elegancia contenida que no necesita parecer tropical para sentirse latinoamericana.
Una ciudad que empieza a vestirse desde adentro.
La imagen que me quedó de esta semana no fue ninguna pasarela. Fue el apartamento de una mujer en Bogotá que reemplazó los libros por piezas de diseñador colombiano. Quería un vestido de Jorge Duque. Era de pasarela. Fuera de venta. Insistió. Sin poder ponérselo, terminó colgado en su comedor, funcionando como una lámpara escultórica. Eso es cultura: aparece antes de institucionalizarse, existe antes de explicarse. Y ese vestido, colgado sobre un comedor en Bogotá, lo prueba mejor que cualquier crítica.
La moda produce objetos todos los días. Pero muy pocas veces produce algo capaz de abandonar el desfile y entrar a vivir dentro de una ciudad —y dentro de una vida.
Quizás por eso ninguna de nosotras se iba.
Por: Catalina Jaramillo Uribe.
