Leyendo ahora
Todo lo que aprendí para no verme tan negra

Todo lo que aprendí para no verme tan negra

Crecí escuchando que había que mejorar la raza. En mi familia eso no sonaba como una frase violenta, sino como un consejo, como una advertencia, como una frase que la gente mayor dice porque cree que ya entendió cómo funciona el mundo. Lo decían tías y tíos negros que no se imaginaban teniendo una relación con una persona negra. Y no, no era un tema de gustos: era racismo, uno aprendido, heredado, normalizado. También miedo y cansancio, con la idea de que acercarse a lo blanco podía hacer la vida un poco menos dura. Durante muchos años yo no cuestioné esa frase. Me entró y se me quedó ahí.

Solo mucho después entendí que no hablaba solamente de con quién casarme o de cómo serían los hijos. Hablaba también de mi cuerpo, de mi pelo, de mi piel, de mi forma de hablar, de todo lo que yo iba a sentir que tenía que corregir para no verme tan negra, para no verme tan indígena, para no parecer tan fuera de lugar en espacios donde lo blanco seguía siendo la medida silenciosa de lo correcto. Soy hija de padre negro y madre indígena. Y cuando miro hacia atrás, veo que gran parte de mi vida estuvo atravesada por eso. No como una teoría, sino como una práctica, como algo que hacía, como algo que repetía, como una serie de pequeñas violencias sobre mí misma que en su momento no nombré como violencia.

Todo lo que aprendí para no verme tan negra. Paola Cazarán.

Empecé por el cabello. Quería alisarlo como fuera y con lo que hubiera. Lo hice con plancha de ropa, con químicos baratos, aguantando ardor, calor, jalones, olores durísimos. Lo hice porque quería verme distinta, porque quería acercarme a esa idea de niña bonita, niña presentada, niña correcta, que casi nunca se parecía a mí. Recuerdo esa mezcla extraña de vergüenza y esperanza, la sensación de pensar: esta vez sí, esta vez de pronto sí me voy a ver mejor.

Pero la raíz siempre aparecía. Y eso me desesperaba, porque por más que intentara domesticarme, había algo que volvía a salir, algo que se notaba, algo que decía la verdad. Ese intento por alisarme me dañó el pelo y se me empezó a caer. Hubo momentos en que estaba quedando calva. Y ahora, cuando pienso en eso, siento que mi cuerpo me estaba diciendo algo, que había algo profundamente triste en esa guerra contra una parte tan visible de mí.

En ese momento yo no lo veía así. Solo sentía rabia, frustración, vergüenza; sentía que ni siquiera haciendo todo lo que se suponía que debía hacer lograba verme del todo bien. Y no fue solo el pelo. También empecé a vigilar mi voz, a tratar de hablar mejor, a no gritar tan duro, a no reírme tan fuerte, a bajar el volumen, a regular mi presencia. Porque una aprende rápido que a las personas negras no solo se nos racializa por la piel, sino también por el tono de voz, por la energía, por la risa, por cómo entramos a un lugar. Entonces una empieza a controlarse, a limarse, a ensayar una versión más suave, más tranquila y más fácil de digerir.

Hubo cosas todavía más duras, más difíciles de decir sin que a una le dé dolor y hasta un poco de pena. Hubo veces en que me bañé con blanqueador, me dio dermatitis y se me irritó la piel. Y sí, hoy lo puedo decir con claridad: nadie hace algo así desde la libertad, nadie hace algo así porque sí. Para que una niña o una adolescente llegue a ese punto, antes tuvo que aprender que su color era un problema, que su cuerpo necesitaba corrección, que verse un poco menos negra podía traer alivio.

Crecí escuchando que había que mejorar la raza. Paola Cazarán.

Por eso para mí el blanqueamiento nunca fue una idea abstracta: fue algo físico, fue ardor en el cuero cabelludo, fue caída del cabello, fue picazón en la piel, fue el cansancio de vigilarse todo el tiempo, fue aprender a mirarme desde afuera, con los ojos de un mundo racista, y preguntarme qué parte de mí convenía esconder ese día.

Te puede interesar

También lo viví en el amor. Tuve un novio que, antes de llevarme a conocer a su mamá, me decía cómo debía vestirme para que ella no me viera tan negra, tan indígena. Había que verme más fina, más correcta, más presentable, más fácil para la mirada de esa casa.

En ese momento una cree que está haciendo pequeños ajustes, que está siendo flexible, que está cuidando el vínculo. Pero después entiende que no, que lo que estaba haciendo era traducirme, disfrazarme un poco para que mi negritud y mi indigeneidad no incomodaran tanto. Y eso también deja marca, porque una empieza a preguntarse bajo qué condiciones se le permite ser amada. A muchas mujeres racializadas no se nos ofrece amor así, sin más; se nos ofrece aceptación a cambio de ajuste.


Por: Paola Cazarán
Fotografía: Juan Manuel Anaya Gutiérrez @juanguph__
Fotografía: Moisés García @bymoigarcia
Fotografía: Marcel Castellano


FASHION GROUP DISEÑO Y PUBLICIDAD, S.A. de C.V.

Calle Bradley 21. Colonia Anzures, 11590 Ciudad de México (México)

 

Volver arriba