Leyendo ahora
Cuando la colombianidad se celebra, pero no se defiende

Cuando la colombianidad se celebra, pero no se defiende

  • Una reflexión sobre el orgullo latino, la estética de la raíz y la pregunta incómoda por quienes sostienen la cultura que decimos amar.

En una campaña, una mujer con trenzas mira a la cámara rodeada de colores tropicales. En un reel, alguien escribe Latina Forever sobre una piel dorada, una canción bailable y una bandera al fondo. En una pasarela, el Pacífico aparece en los tejidos, en los tonos, en la música, en la promesa de una raíz convertida en belleza. En redes, cada vez más personas dicen con orgullo: soy latina, soy colombiana, viva lo nuestro, qué orgullo ser de aquí. Hay algo poderoso en esa imagen. Durante mucho tiempo nos enseñaron a corregirla. A suavizar el acento. A domesticar el cuerpo. A alisar el pelo. A bajar el volumen. A parecer menos negras, menos indígenas, menos campesinas, menos populares, menos ruidosas, menos tropicales, menos “demasiado”. Por eso, ver hoy una afirmación pública de lo latino y lo colombiano puede sentirse como una reparación. Algo que antes fue empujado a los bordes parece volver al centro.

Pero hay una pregunta que esa imagen no siempre responde: ¿Hasta dónde llega nuestro orgullo cuando la raíz deja de ser estética y se vuelve demanda política?

Porque una cosa es amar la colombianidad cuando se puede vestir, bailar, cantar, fotografiar o vender. Otra muy distinta es defender a las personas que sostienen esa colombianidad cuando piden tierra, salud, educación, seguridad, reparación, participación política, derechos humanos y dignidad. Nos gusta el Pacífico cuando suena. Nos gusta el Caribe cuando baila. Nos gusta lo indígena cuando se vuelve símbolo. Nos gusta lo campesino cuando se convierte en paisaje. Nos gusta lo afro cuando aparece como fuerza, belleza, ritmo o potencia visual. Pero cuando esos mismos pueblos exigen derechos, muchas veces el entusiasmo se enfría. Entonces aparecen otras frases. Ya no tan festivas. Ya no tan coloridas. Frases como: “quieren todo regalado”, “cada quien tiene que salir adelante”, “no todo tiene que ser político”, “el Estado no puede resolverlo todo”, “eso es resentimiento”, “lo privado está por encima”.

Paola Cazarán, Marie Claire Colombia octubre 2024

Y ahí aparece la contradicción: muchas veces amamos la cultura de los pueblos, pero no sus demandas. Amamos la raíz cuando decora, pero no siempre cuando reclama. Amamos la diversidad cuando embellece, pero no siempre cuando exige poder. Amamos lo popular cuando se vuelve tendencia, pero no siempre cuando aparece como sujeto político. Amamos lo negro, lo indígena, lo campesino y lo territorial cuando producen identidad nacional, pero no siempre cuando piden justicia nacional. Quizás el problema no es que ese orgullo sea falso. Muchas veces es sincero. Muchas personas realmente se emocionan con una canción del Pacífico, con una comida, con una frase dicha en su acento, con una estética que por fin parece decir: esto también somos. El problema es que ese orgullo ha sido educado dentro de una sociedad colonial, racista y clasista: una sociedad que aprendió a celebrar ciertas expresiones de la raíz, pero no necesariamente a respetar a quienes vienen de ella.

Durante años, lo sofisticado en Colombia se pareció demasiado a lo que venía de afuera. Lo fino era lo blanco, lo europeo, lo sobrio, lo silencioso, lo contenido, lo “internacional”. Lo propio podía ser bello, sí, pero más bello cuando estaba corregido. Más bello cuando era curado por alguien con capital cultural. Más bello cuando se volvía experiencia premium, vitrina iluminada, campaña, editorial, pasarela o tendencia. Nos enseñaron que había una forma correcta de verse importante. Y esa forma, casi siempre, se parecía menos al país real y más al país que ciertas élites querían mostrar. Ahora algo parece haber cambiado. Lo latino ya no se esconde tanto. Lo colombiano ya no se disimula tanto. Volvió el color. Volvió el acento. Volvió el cuerpo. Volvió la abundancia. Volvió una expresividad que antes se castigaba. Volvió la raíz.

La pregunta es: ¿volvió como poder o volvió como mercancía?

Porque no todo regreso es reparación. A veces la cultura que antes fue despreciada vuelve convertida en estética aspiracional, pero las personas que la sostienen siguen lejos del centro de las decisiones. Se celebra el turbante, pero no siempre a la mujer negra que exige autoridad. Se celebra el tejido, pero no siempre al pueblo indígena que exige autonomía. Se celebra el viche, pero no siempre al territorio que pide inversión. Se celebra el tambor, pero no siempre a la comunidad que denuncia abandono. Se celebra la piel morena en campaña, pero no siempre se revisa el racismo cotidiano. Se celebra la mujer afro como símbolo de fuerza, pero no siempre se le permite ser frágil, intelectual, compleja, deseante, contradictoria, humana.

Quienes hemos trabajado con la imagen sabemos que una estética puede ser deseada sin que el cuerpo que la sostiene sea respetado. Sabemos que una trenza puede parecer editorial bajo una luz profesional y “poco pulcra” en ciertos espacios laborales. Que la piel negra puede ser buscada como impacto visual, pero vigilada socialmente. Que lo popular puede ser tendencia cuando lo interpreta alguien con privilegio, pero prejuicio cuando lo habita alguien que viene de ahí. Ahí está la herida. No siempre se nos rechaza. A veces se nos admira. A veces se nos fotografía. A veces nos convertimos en símbolo. A veces nuestra diferencia produce profundidad, emoción, campaña. Pero ser mirada no siempre es ser escuchada. Ser usada como imagen no siempre significa ocupar poder. Ser inspiración no siempre significa ser criterio.

La raíz no es solo estética. La raíz también es historia. La raíz también es deuda. La raíz también es territorio. La raíz también es cuerpo. La raíz también es derecho. Y si una sociedad quiere usar la raíz para sentirse orgullosa, también tendría que preguntarse qué está dispuesta a proteger para que esa raíz siga viva. Porque el Pacífico no es solo sonido. También es territorio, abandono, memoria, alegría y resistencia. El Caribe no es solo fiesta. También es historia, desigualdad, cuerpo, belleza y despojo. Lo indígena no es solo símbolo. También es pensamiento político, autonomía y tierra. Lo campesino no es solo nostalgia. También es soberanía alimentaria, trabajo y dignidad. Lo afro no es solo fuerza. También es humanidad completa. No son mundos iguales ni intercambiables. Cada uno tiene su propia historia, sus heridas, sus luchas y sus formas de nombrar la vida. Pero todos han sido usados demasiadas veces para producir identidad nacional mientras se les niega poder real. Por eso este no es solo un debate sobre moda, música o redes sociales. Es un debate sobre el país.

La moda importa porque no solo viste cuerpos: también decide qué cuerpos son deseables, qué cuerpos son aspiracionales, qué cuerpos son “auténticos”, qué cuerpos son “sofisticados” y qué cuerpos quedan reducidos a folclor. La cultura visual importa porque organiza jerarquías. Nos dice quién puede ser centro y quién puede ser contexto. Quién puede ser lujo y quién puede ser inspiración. Quién puede ser moderno y quién debe quedarse representando la tradición. Y Colombia, muchas veces, sigue atrapada en esa contradicción: quiere mostrarse diversa, pero no siempre quiere que esa diversidad defina el gusto, el poder o el futuro.

Tal vez por eso julio y agosto resultan tan simbólicos para hacerse esta pregunta. En estos meses Colombia habla de patria, de mujeres afrodescendientes, de moda, de cultura, de Pacífico, de memoria. Se viste de orgullo nacional, celebra su diversidad y vuelve a mirar aquello que dice reconocer como propio. Pero cada celebración trae consigo una pregunta pendiente: ¿celebramos esos mundos como sujetos o como símbolos?

Paola Cazarán, Marie Claire Colombia octubre 2024

No basta con aplaudir a las mujeres afrodescendientes si seguimos esperando que la sofisticación tenga otros rasgos. No basta con celebrar al Pacífico si sus saberes son tratados como cultura disponible, pero no como pensamiento central. No basta con llevar la raíz a una pasarela si quienes vienen de esa raíz siguen lejos de la dirección creativa, del presupuesto, del relato y del poder. La cultura no nace sola. Alguien la canta. Alguien la cocina. Alguien la cultiva. Alguien la teje. Alguien la baila. Alguien la cuida. Alguien la hereda. Alguien la sostiene incluso cuando el país la abandona. Por eso el orgullo no puede quedarse en la emoción de una imagen. Una bandera no alcanza si no hay dignidad. Una canción no alcanza si no hay derechos. Una pasarela no alcanza si no hay participación. Una campaña diversa no alcanza si no hay redistribución. Una estética de raíz no alcanza si la raíz sigue sin tierra, sin seguridad, sin salud, sin voz o sin poder.

Te puede interesar
Cómo crear un vision board 2026 y manifestar tus metas

Quizás la pregunta no es si estamos orgullosas de ser colombianas. Muchas lo estamos. La pregunta es más difícil: ¿De qué parte de Colombia estamos orgullosas? ¿De la que se ve bonita? ¿De la que se puede vender? ¿De la que gana premios? ¿De la que baila bien? ¿De la que exporta talento? ¿De la que se vuelve tendencia?

¿O también de la Colombia que incomoda, que exige, que reclama, que no quiere seguir siendo usada como inspiración mientras permanece al margen? No se trata de dejar de celebrar. Celebrar también es importante. Los pueblos que han sobrevivido a la violencia tienen derecho a la alegría, al brillo, al placer, al cuerpo, a la belleza, al gozo y al orgullo. No se trata de volver sospechosa toda expresión de identidad. No se trata de negar el poder de decir: soy latina, soy colombiana, soy Caribe, soy Pacífico, soy de aquí. Se trata de preguntarnos qué hacemos después de decirlo.

Porque el orgullo que no escucha puede convertirse en apropiación. El orgullo que no defiende puede volverse decoración. El orgullo que no incomoda al poder puede terminar sirviendo al mismo sistema que antes nos enseñó a avergonzarnos. Tal vez el verdadero orgullo colombiano no empieza cuando llevamos la bandera, usamos el color, bailamos la música o repetimos que amamos nuestras raíces. Tal vez empieza cuando dejamos de consumir la cultura de los pueblos como estética y empezamos a defender la vida de quienes la sostienen. Tal vez amar a Colombia sea dejar de pedirle que se vea bonita para merecer defensa. Tal vez amar a Colombia sea reconocerla también cuando no cabe en una campaña, cuando no está vestida para la foto, cuando no suena a fiesta, cuando no se puede vender como experiencia: cuando aparece con hambre, con rabia, con cansancio, con memoria, con demandas y con dignidad.

Porque un país no se vuelve más poderoso cuando convierte su raíz en tendencia. Se vuelve más digno cuando permite que esa raíz tenga futuro. Y quizás, en este momento en que tantas personas quieren verse más latinas, más colombianas, más tropicales, más Caribe, más Pacífico, más de raíz, la pregunta más urgente no sea cómo nos vemos. La pregunta es: ¿A quién estamos dispuestas a defender cuando decimos que amamos lo que somos?


Por: Paola Cazarán


FASHION GROUP DISEÑO Y PUBLICIDAD, S.A. de C.V.

Calle Bradley 21. Colonia Anzures, 11590 Ciudad de México (México)

 

Volver arriba