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Multiculturalismo y ética: lecciones del BRICS+ Fashion Summit

Multiculturalismo y ética: lecciones del BRICS+ Fashion Summit

Del 28 al 30 de agosto, Moscú dejó de ser únicamente la capital de Rusia para convertirse en la sede de un laboratorio global de ideas en torno a la moda. El BRICS+ Fashion Summit reunió a delegaciones de más de sesenta países: desde los miembros fundadores —Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica— hasta aliados estratégicos como España, Costa Rica y Estados Unidos, además de representantes de Turquía, Malta, Nigeria y Túnez. La diversidad de participantes no solo amplió la conversación, también reforzó un mensaje crucial: la moda, en pleno siglo XXI, es un idioma compartido donde confluyen la diplomacia cultural, la innovación tecnológica y la ética del intercambio creativo.

Una cumbre más allá de las pasarelas

A diferencia de una semana de la moda tradicional, el Summit no se limitó a desfiles. Fue un espacio de reflexión que congregó diseñadores, editores, periodistas especializados, estilistas, académicos, organizadores de fashion weeks, empresarios textiles y representantes de gobiernos. Esa mezcla de perfiles generó discusiones más amplias y profundas: ¿qué papel tiene la moda en un mundo en crisis climática? ¿Cómo puede el sector promover inclusión sin caer en la superficialidad? ¿Hasta qué punto es legítimo apropiarse de símbolos culturales ajenos para transformarlos en tendencia?

El ambiente en Moscú fue eléctrico. En cada sala se escuchaban acentos distintos, traducciones simultáneas y debates que iban de lo técnico a lo filosófico. El público no solo buscaba conocer nuevas colecciones: quería respuestas a preguntas que marcan el rumbo de una industria en constante transformación.

Multiculturalismo y ética: lecciones del BRICS+ Fashion Summit. Cortesía.

La ética del préstamo cultural

Uno de los momentos más potentes llegó con la mesa Global Wardrobe, dedicada a reflexionar sobre la ética de inspirarse en otras culturas. El término “apropiación cultural” volvió a ponerse sobre la mesa, pero esta vez en un foro con voces de África, Asia, Medio Oriente y América Latina. La discusión fue honesta y frontal: cuando una gran marca toma símbolos de pueblos originarios sin dar crédito ni beneficios, se trata de explotación. Pero cuando hay colaboración, reconocimiento y beneficio compartido, lo que surge es un “préstamo cultural” que enriquece a todas las partes.

El tema resonó especialmente con la delegación colombiana. Durante años, comunidades indígenas y afrodescendientes han denunciado cómo firmas internacionales replican sus bordados, tejidos y símbolos sin autorización ni remuneración. El BRICS+ Summit dio visibilidad a estas denuncias, pero también planteó soluciones: contratos de colaboración, plataformas de co-creación y certificaciones de origen que garanticen transparencia.

Inclusión a través de la tecnología

Otra de las mesas más comentadas fue High-Tech Diversity, donde se discutió cómo la innovación tecnológica puede convertirse en aliada de la inclusión. Hubo ejemplos concretos: aplicaciones que permiten diseñar ropa adaptada a personas con discapacidad motriz, colecciones creadas a partir de escaneo 3D para cuerpos fuera de la talla estándar, o proyectos que emplean algoritmos para visibilizar diseñadores emergentes en mercados saturados.

Para Colombia, un país de contrastes sociales y geográficos, estas iniciativas son un faro. La posibilidad de que un diseñador de Pasto, un colectivo afro en Chocó o un taller artesanal en La Guajira pueda acceder a plataformas digitales y competir en igualdad de condiciones no es solo una aspiración: es una necesidad urgente para democratizar la industria.

La moda como plataforma política

En paralelo a los paneles técnicos, la plenaria Cultural Diplomacy dejó claro que la moda se ha convertido en una herramienta de poder blando. Reunir a más de sesenta países en Moscú, en un momento de tensiones geopolíticas, fue un gesto simbólico de primer orden. Los vestidos, las telas y las pasarelas se transformaron en embajadas efímeras donde se tejieron alianzas y se enviaron mensajes políticos sin necesidad de discursos oficiales.

Para Colombia, acostumbrada a usar la cultura como carta de presentación internacional —piénsese en la música, la gastronomía o la literatura—, esta experiencia abre un camino estratégico: la moda como vehículo de diplomacia. Nuestras técnicas ancestrales de tejido, el talento joven de nuestras escuelas y la diversidad de estéticas regionales pueden convertirse en un activo en escenarios de negociación cultural y comercial.

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Del 28 al 30 de agosto, Moscú dejó de ser únicamente la capital de Rusia para convertirse en la sede de un laboratorio global de ideas en torno a la moda. Cortesía.

Resonancias latinoamericanas

El BRICS+ Summit también dejó en evidencia que América Latina tiene mucho que decir. Aunque los reflectores suelen concentrarse en Europa o Estados Unidos, países como Brasil, México y Colombia demostraron que la región es una cantera inagotable de creatividad. Las historias detrás de cada prenda —bordados que cuentan mitologías indígenas, siluetas que dialogan con la naturaleza, paletas de color inspiradas en la biodiversidad— ofrecen un valor añadido imposible de replicar en serie.

En este sentido, la participación colombiana fue doblemente valiosa: por un lado, como escaparate para mostrar nuestra riqueza cultural; por otro, como espacio para aprender de modelos internacionales de cooperación, inclusión y sostenibilidad.

Una conclusión que interpela

El BRICS+ Fashion Summit no buscó imponer tendencias, sino sembrar preguntas. ¿Podemos imaginar una moda que sea inclusiva, justa y sostenible sin perder atractivo? ¿Cómo garantizar que la globalización no borre la identidad local? ¿Qué papel deben asumir los gobiernos, las escuelas y los consumidores?

Para Colombia, la conclusión es clara: necesitamos políticas públicas que protejan la propiedad intelectual de los artesanos, inversión en innovación tecnológica que acerque a los diseñadores emergentes al mercado global, y un compromiso ético que asegure que cada prenda sea también un relato de respeto y dignidad.


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