En París, una ciudad que durante décadas ha sido punto de encuentro para creadores latinoamericanos, Johanna Ortiz encontró el escenario perfecto para hablar de aquello que permanece con nosotros incluso cuando cambiamos de lugar: la memoria, los gestos, los saberes y la identidad.
Es por eso que, desde su experiencia y aprendizajes, la casa de lujo de origen colombiano presentó su colección Primavera-Verano 2027 en la Maison de l’Amérique latine, durante Paris Fashion Week. La elección del espacio no fue casual, entre los muros de dos hôtels particuliers del siglo XVIII y un jardín que durante ochenta años ha servido como punto de encuentro entre Latinoamérica y Francia, la firma de Cali presentó una colección que reflexiona sobre la herencia, pero lo hace lejos de la nostalgia.
La pregunta que atraviesa la propuesta es sencilla y, al mismo tiempo, profunda: ¿qué llevamos dentro de nosotros de una generación a otra?
La colección de Johanna Ortiz que nace de la memoria
Durante más de dos décadas, Johanna Ortiz ha construido un lenguaje propio a partir de una mirada profundamente latinoamericana. La biodiversidad, la luz, el color y esa manera tan particular de convertir lo cotidiano en una celebración forman parte de su identidad.
Para Primavera-Verano 2027, esa mirada se dirige hacia adentro, la misma Johanna expresa: ‘Llevamos la memoria. Llevamos los gestos. Llevamos el saber de las manos que vinieron antes que las nuestras’.
Una vez sabiendo eso, sabemos que la colección entiende la herencia no como una reproducción literal del pasado, sino como algo vivo que continúa transformándose. Está en la manera de utilizar el color, en la mezcla de estampados, en la forma de envolver el cuerpo y, sobre todo, en los gestos que sobreviven al paso del tiempo.

Es así como la memoria se convierte así en movimiento y la herencia, en instinto.
La narrativa detrás de la colección
El punto de partida estuvo en tres objetos colombianos: el carriel de Jericó, la mochila wayuu y los canastos de palma de iraca de Nariño.
Cada objeto habla de una manera distinta de llevar consigo aquello que importa. El carriel acompañaba los recorridos por las montañas de Antioquia y sus múltiples bolsillos protegían lo esencial. La mochila wayuu combina funcionalidad y expresión a través del tejido, mientras que la palma de iraca se transforma en canastos gracias a técnicas transmitidas de generación en generación.



Ninguno de estos objetos aparece como una referencia literal en la colección, en realidad, lo que Johanna Ortiz recupera es la inteligencia detrás de ellos: la capacidad de convertir una necesidad en belleza y una técnica en memoria.
Por lo tanto, la propuesta es una mirada hacia el objeto como contenedor de cultura, pero también hacia las manos que lo hacen posible.
El cuerpo como punto de partida
La colección tampoco parte de una silueta predeterminada. Parte de algo mucho más elemental: la manera en que el cuerpo se mueve cuando carga, envuelve o sostiene algo.
‘Quería pensar en la tela antes de que se convierta en una prenda convencional. La tela puede envolver, recoger, proteger y cargar. Eso nos dio una forma mucho más libre de crear silueta y movimiento’, explica Johanna Ortiz.
A partir de esta idea, las telas se recogen en la cintura, caen desde un hombro, envuelven el cuerpo y después se liberan. Por su parte, los volúmenes generosos conviven con piezas que se ajustan a la silueta, creando una tensión que se convierte en parte de la sensualidad de la propuesta.

En esta colección, el movimiento es indispensable. Podemos ver cómo un panel se abre al caminar, un fleco acompaña el giro y una pieza puede adquirir una forma completamente distinta cuando el cuerpo comienza a desplazarse. La mujer, entonces, no queda contenida por la prenda. Es ella quien termina de darle forma.
La libertad de mezclar color y estampado
Uno de los rasgos más reconocibles de la colección es también una de sus expresiones más latinoamericanas: la libertad para combinar estampados, geometrías y colores intensos.
En ese punto, Johanna Ortiz encontró inspiración en la indumentaria maya y en la seguridad con la que conviven rayas, cuadros, bordados, geometrías y color dentro de una misma composición.
‘Las referencias mayas me enseñaron algo muy distinto sobre el estampado. Me encantó la seguridad con la que mezclan geometría, rayas, cuadros y color. Me recordó que algo puede ser exuberante y, aun así, sofisticado’, señala.



Además, los estampados florales se encuentran con la geometría y un estampado dialoga con otro sin buscar necesariamente uniformidad. El resultado parte de una idea esencial: la armonía no siempre significa contenerse.
En Latinoamérica, la exuberancia y la austeridad pueden coexistir; la selva y el páramo forman parte de una misma geografía. Esa diversidad también se traduce en la ropa.
Una herencia que sigue transformándose
La colección Primavera-Verano 2027 habla de identidad sin convertirla en una pieza de museo. El carriel, la mochila, el canasto tejido y la tela envuelta son apenas el inicio de una conversación sobre lo que heredamos y lo que hacemos con aquello que recibimos.
‘Esta colección habla de esa herencia invisible que se mueve a través de nosotros. Un recuerdo, un instinto, un ritmo que reconocemos antes de saber dónde empezó. Quizás nuestra identidad latinoamericana vive en ese pulso: profundamente arraigada, siempre en movimiento y nuestra para llevarla adelante’, menciona.
Es precisamente ahí donde la propuesta encuentra su fuerza: en entender la tradición como algo que puede cambiar sin perder su esencia.

El diálogo con otros oficios latinoamericanos
La colección también amplía la conversación a través de dos colaboraciones que ponen en primer plano el trabajo artesanal.
Con Guanabana, fundada por Almudena Espinosa, Johanna Ortiz lleva sus estampados y códigos creativos al tejido wayuu. El resultado es una serie de bolsos exclusivos inspirados en la mochila tradicional y tejidos a mano, uno a uno, por artesanas wayuu en Colombia. Cada pieza es distinta, reforzando la idea de que la artesanía también puede ser una forma de individualidad.
La segunda colaboración es con Mar, la marca de la diseñadora paraguaya Mar Filártiga, que trabaja junto a tejedoras y artesanas locales. Sus piezas tejidas incorporan movimiento y textura a los looks, sumándose al lenguaje latinoamericano de la colección.
Ambas colaboraciones funcionan como una extensión natural de la propuesta: no se trata únicamente de mirar hacia la tradición, sino de mantener vivos los oficios a través de nuevas formas de creación.
De Cali a París
La presentación también estuvo acompañada por una alianza entre dos marcas colombianas. Por un lado, Avianca se convirtió en el travel partner oficial de Johanna Ortiz para Paris Fashion Week, bajo el concepto ‘Lo mejor de Colombia aterriza en París’.
El viaje desde Cali hasta la capital francesa, a bordo de INSIGNIA, la experiencia Business Class de Avianca en el Boeing 787, se integró así a la narrativa de la colección: una casa nacida en Colombia llevando su visión hasta uno de los escenarios más importantes de la moda internacional.


‘Cada colección que hacemos es una celebración de la vida, y esta es una celebración de nuestro origen’, afirma Johanna Ortiz. Una frase que resume el espíritu de la propuesta porque llegar a París no significa dejar atrás el lugar de donde se viene, sino lo contrario, significa llevarlo consigo y permitir que se transforme en algo nuevo.
Primavera-Verano 2027 de Johanna Ortiz es, en ese sentido, una celebración de la herencia sin nostalgia. De aquello que permanece, de lo que cambia y de todo lo que decidimos seguir llevando con nosotros.
