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La moda como manifiesto artístico

La moda como manifiesto artístico

La moda como manifiesto artístico

Hay lugares en el mundo donde la moda sucede sin esfuerzo y sin alardes, con una naturalidad que solo puede nacer de la verdadera conciencia estética. Esos lugares, indudablemente, son los espacios que habita el arte.

Lo he pensado durante años, observando con la misma atención con la que se contempla una obra: las personas mejor vestidas que he encontrado no están en desfiles ni en eventos exclusivos de la industria de la moda; están en espacios de arte. En galerías silenciosas, en inauguraciones de exposiciones, en espacios culturales, en ferias internacionales o en bienales.

Existe una diferencia sutil —aunque muy profunda— entre el que se viste para ser visto y admirado, y el que se viste como una extensión de su pensamiento y criterio. En los grandes eventos de moda, esa frontera se desdibuja con frecuencia. La ropa se convierte en volumen, en declaración, en extravagancia sin sentido o en un grito que a veces, con toda su brillantez, termina diciendo demasiado y muy poco al mismo tiempo. El exceso, cuando carece de intención, pierde su magia.

En una galería, el atuendo más audaz cobra sentido porque existe una intención detrás: es concepto, diálogo, arte en movimiento.

En una galería, en cambio, la misma audacia cobra otro sentido. El atuendo más excéntrico tiene una intención detrás; abrir un diálogo. Una persona que entra a una feria de arte con un abrigo que parece un performance o con una pieza de joyería que parece una escultura, no está compitiendo con el arte; está siendo parte de él. El outfit pasa a ser un concepto, un diálogo, una puesta en escena que existe en perfecta armonía con el espacio que la contiene.

La moda como manifiesto artístico
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Lo que en otro contexto podría parecer extravagante, en un espacio cultural se vuelve coherente, incluso necesario. Porque el arte nos da permiso, no nos limita. Nos invita a habitar nuestras elecciones con convicción, a vestirnos con la misma seriedad con la que un artista elige cada elemento de su obra. No hay casualidad: hay criterio.

He recorrido ferias de arte en París, en Miami, en Madrid, en CDMX y en Bogotá y en cada una confirmo lo mismo: los coleccionistas, los curadores, los artistas y quienes orbitan y habitan ese universo poseen una relación con la moda que trasciende la tendencia. No hay lugar para lo comercial, ni el mainstream. Se visten con piezas que cuentan una historia. Hay una coherencia interna en cada look que solo puede venir de alguien que también sabe mirar y observar.

‘La moda en los espacios de arte no compite con las obras. Las contempla y las complementa. Se convierte en una forma de performatividad cotidiana’.

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La moda en los espacios de arte no compite con las obras. Las contempla y las complementa. Se convierte en una forma de performatividad cotidiana: el cuerpo como soporte, el vestido como lenguaje visual. No es casualidad que tantos artistas hayan diseñado vestuario, ni que tantos diseñadores se definan a sí mismos como artistas. El territorio siempre fue el mismo.

Vestirse de manera interesante, en el fondo, siempre ha sido un acto de inteligencia emocional y audacia. Y ningún espacio lo revela con mayor claridad que aquel donde el arte respira. Porque cuando la moda y el arte se encuentran en una galería, en una feria, en los pasillos de una bienal; no hay competencia posible: hay una conversación. Y los mejores diálogos, como los mejores looks, se recuerdan mucho tiempo después de que las luces se apagan y la vida pasa.


Por: Eleonora Morales.


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