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La novia como performance

La novia como performance

  • La novia de hoy ya no responde a un examen de belleza, sino a uno de identidad y autenticidad. Columna de Eleonora Morales.

Hay una frase que se dice en todos los matrimonios y que, si uno la piensa dos segundos, resulta inquietante: “toda novia es bella”. Suena a piropo, pero es una camisa de fuerza. Durante siglos, la novia fue el último disfraz obligatorio: un personaje con guión fijo, vestida de blanco, radiante, muda de emoción y en donde la mujer real desaparecía. No importaba quién fueras; el día de tu boda te convertías en “la novia”, ese sustantivo que todas las culturas escribieron como una imposición.

Ese guión tiene fecha. Cuando la reina Victoria se casó de blanco en 1840, fijó sin querer el molde que el mundo copiaría durante más de un siglo: el vestido enorme, la catedral, el velo interminable, la novia o princesa. En Colombia, como en muchas otras partes, hubo durante mucho tiempo, una sola manera correcta de casarse, y lo que se saliera de ahí no era una elección: era un defecto. La pregunta que enfrentaba una novia no era ¿quién quiero ser?, sino, ¿me veo como se supone que debo verme?.

Lo fascinante –y lo que convierte esto en un fenómeno, y no en una nota de sociales– es que ese molde se rompió o por lo menos con el tiempo se ha ido desdibujando. La novia de hoy es, ante todo, un performance: un papel que ya no se hereda, se escribe. Y es sin duda, lo que ella quiera ser. Puede casarse descalza en la sala de su casa, con 10 personas y comida a domicilio. Puede hacerlo un martes cualquiera en una notaría solo con su pareja. Puede montar un evento monumental de quinientos invitados o desaparecer una semana y volver casada sin que nadie lo viera. Casarse dejó de ser un molde y se volvió un idioma: hoy cada boda dice algo distinto sobre quién la celebra.

Y en ese idioma, el vestido es la frase principal, solo que ya no es un uniforme, es una declaración. Porque cada vestido cuenta una historia y la novia de hoy elige cuál. Está la que quiere decir de dónde viene: encajes heredados, un bordado de su tierra, la tela que fue de su madre, un vestido que ya caminó hacia otro altar y todavía guarda esa suerte. Está la que habla de su presente: una seda mínima, un sastre impecable, líneas limpias de mujer que ya sabe exactamente quién es. La que apuesta por su futuro: lo escultural, lo inesperado, la silueta que nadie ha visto. Y está, también, la que no quiere ser vista: la que elige lo etéreo, lo casi transparente, un vestido que se difumina porque su deseo no es brillar sino desaparecer dentro del momento. Inclusive está la que se casa en jeans. Y claro, las que se casan de rojo, negro o el color que les apetezca. Todas están diciendo algo. Ninguna es solo “bella”.

Por eso me interesa tanto la novia que elige un vestido heredado o de segunda mano: no lo hace por ahorrar, lo hace por postura. “Algo viejo, algo prestado” nunca fue una rima decorativa; era el reconocimiento, antiquísimo, de que una prenda con historia carga lo que una recién comprada todavía no tiene: memoria, suerte, las manos de las mujeres que la usaron antes, historia. Hoy a eso le decimos sostenibilidad, pero es más viejo y más profundo que cualquier tendencia. Es entender el vestido como talismán y no como vestuario.

Aquí va lo único incómodo que me atrevo a decir, y lo digo sin señalar a nadie: lo inquietante de una boda nunca es si era grande o pequeña, sobria o desbordada. Lo inquietante es para quién se hace. Hay bodas monumentales que son el acto más íntimo del mundo, y bodas mínimas que son pura puesta en escena para una audiencia que ni siquiera está invitada. El exceso no es vulgar y la sencillez no es virtud: las dos pueden ser honestas o pueden ser un disfraz. La pregunta no es cuánto, sino para quién.

Si la boda es un idioma, el ajuar es su vocabulario. Cada pieza, un pequeño talismán que dice algo: el velo que fue de otra, los zapatos que se estrenan para empezar de cero, la joya prestada que recuerda que una no camina sola, el azul escondido en el dobladillo como un secreto entre la novia y la suerte. Nada de eso es decoración. Es lenguaje.

Y conviene recordar algo: este poder de elegir quién ser no nace ni muere el día de la boda. Cada mañana, frente al clóset, hacemos una versión pequeña de lo mismo, elegimos un personaje, contamos algo de nosotras sin decir una palabra. Podemos reinventarnos un jueves cualquiera; nadie necesita un altar para eso. Incluso, podemos ser novias todos los días, porque la moda es un performance y ese es el juego que escogemos a diario con las prendas que llevamos.

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Por eso, al final, da igual si es en una notaría o en una sala, con quinientos invitados o con tres: celebrar el amor seguirá siendo una de las pocas cosas que de verdad merecen una puesta en escena.

La novia de hoy ya no responde a un exámen de belleza, sino a uno de identidad y autenticidad. El viejo veredicto “qué bella la novia” era fácil y no significaba nada. El nuevo es más valiente: ¿estás siendo tú? Y cuando la respuesta es sí, cuando el vestido por fin dice la verdad de quien lo lleva, ocurre algo que ninguna tela fabrica sola. La mujer deja de vestirse para que la encuentren bella. Se viste para celebrar, sin que quede duda, a quién ama y quién es.


Por: Eleonora Morales


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