El desfile de Maison Margiela, encabezado por Glenn Martens en Shanghái, concentró varios hitos para la casa: fue el primer desfile de la firma francesa fuera de París, el debut de Glenn Martens como director creativo y la confluencia, en un mismo espacio, de la línea Artisanal con el ready-to-wear.
Si algo ha hecho Maison Margiela desde el principio es cuestionar las jerarquías: qué vale y qué no vale; qué es lujo y qué merece ser visto. Y en este desfile, esa pregunta se responde desde lo material. Los textiles y materiales son tan inusuales que invitan a acercarse a tocarlos, a descifrar de qué están hechos. Son prendas que generan curiosidad y, al mismo tiempo, extrañeza. Un vestido de formas geométricas irregulares me hizo cerrar los ojos porque despertó en mí la tripofobia. Hubo otros que quisiera palpar personalmente porque la imagen no alcanza para hacerles justicia.
Las superficies no son uniformes ni evidentes. Hay piezas construidas de tal modo que la prenda deja de comportarse como tal; y cuando eso ocurre, de inmediato se instala la perplejidad del público, la crítica; surge la eterna pregunta: ‘¿pero eso quién se lo va a poner?’. La maison presentó un vestido hecho de cerámica rota que provocó buena parte de la conversación por su peso, su rigidez y el sonido que producía al moverse. Muchas de las reacciones convergieron en lo mismo: ‘no es práctico’, ‘no es funcional’, ‘no tiene sentido’; la modelo no podía ni caminar…
Margiela nunca ha sido una casa que se rija por el sentido práctico. Es una casa que actúa desde la idea y la innovación. Ese vestido que tanto criticaron buscaba llevar el material hasta sus últimas consecuencias: permitir que la fragilidad de la cerámica exista tal cual es; no había ninguna intención de suavizarla ni de hacerla usable.

Martens no falló en su intento de hacer un vestido ligero y funcional. Simplemente, esa nunca fue su intención. Las reacciones en redes sociales lo confirman: eso resultó incómodo para muchos, porque evaluamos la moda, casi siempre, desde la utilidad.
Pero hay un tipo de moda —y Margiela ha sido históricamente uno de sus principales exponentes— que no está hecha únicamente para eso. Está hecha para pensar. O, más directamente: está hecha para hacernos sentir. Y desde ahí se puede analizar otra capa del desfile. Hay una narrativa poderosa en torno a la memoria: muchas prendas parecen venir de otro tiempo, y Martens nos muestra el pasado como algo que se puede desarmar y volver a construir.
Y no puedo cerrar este análisis sin hablar de las máscaras. En Margiela, el anonimato siempre ha sido una decisión consciente: es quitarle el protagonismo al individuo para dárselo completamente a la prenda. El uso de máscaras no es nuevo, y sigue siendo uno de los elementos más criticados.
Pero más allá de si a nivel personal gustan o no, resulta claro que cumplen una función dentro del universo de la casa; y en este caso, me parecieron particularmente bien logradas.
A la moda conceptual —como al arte, como a la escultura— no se le puede pedir que justifique su existencia desde la utilidad. Su campo es otro: el del pensamiento, el de la provocación, el de la pregunta sin cierre.
Por: Ana Galán de Brigard.
