Nos enseñaron a agradecer por entrar, incluso si la puerta no lleva a ningún lugar. Pero ya no queremos ser parte del paisaje: queremos cambiar quién toma la foto.
Recuerdo la primera vez que escuché un “todavía no”
No dolió como un rechazo, pero pesó igual. Venía envuelto en una sonrisa amable, en un tono de consejo: “ya llegará tu momento”. Pero ese momento nunca llegaba: era un aplazamiento disfrazado de promesa, un techo invisible sostenido por palabras suaves. Durante años, creí que el problema era mío. Quizás necesitaba más tiempo, más experiencia, más paciencia. Hasta que entendí que ese “todavía no” no hablaba de mí, sino del mundo que me rodeaba: de una sociedad que no está lista para ver ciertos cuerpos ocupar ciertos lugares; de una industria que habla de diversidad, pero aún no sabe qué hacer con las voces que desafían sus estructuras.
Lo viví en primera persona
Trabajaba en un canal de televisión y pedí la oportunidad de conducir un programa. Me dijeron que tenía la voz, la presencia, la fluidez, la seguridad; pero que el público —así, en abstracto— no estaba preparado para ver un rostro como el mío en ese horario ni en ese espacio. La paradoja era clara: sí había lugar para mí, pero desde otro rol. Podía aparecer en una escena con muchas personas más: diluida, sin destacar, sin incomodar. En el fondo, me querían presente, pero no protagonista; representada, pero no al mando.
Ese fue el momento en que comprendí lo que realmente significa un techo de cristal. No siempre es una negación explícita. A veces se sostiene con un elogio, con una sonrisa que te invita a quedarte donde estás. La diversidad se ha vuelto una palabra amable, pero muchas veces vacía: todos quieren mostrarla, pocos quieren transformarla. Una cosa es aparecer en la foto; otra muy distinta es tener la posibilidad de tomarla.
La representación no siempre equivale a inclusión. Y la inclusión, cuando no viene acompañada de poder, puede ser otra forma de exclusión. La escritora bell hooks lo explicaba con precisión: el amor político no consiste en decir “te veo”, sino en actuar en consecuencia. En la industria creativa, nos vemos, nos celebramos, compartimos hashtags; pero no siempre cambiamos las estructuras que sostienen la desigualdad.
Ahí entra otro de los mecanismos más sutiles de este sistema: el agradecimiento forzado. Nos enseñan a dar gracias por haber entrado, incluso si solo nos dejaron pasar hasta el recibidor. Nos dicen que estar en el margen del escenario ya es suficiente, que debemos sentirnos afortunadas de ser “parte de la conversación”. Como si la visibilidad fuera un favor, y no un derecho. Ese agradecimiento impuesto es una forma de control simbólico: nos mantiene dóciles, agradecidas y silenciosas. El filósofo Byung-Chul Han lo llamaría la positividad del poder: ya no necesita prohibir, solo seducir.
Mientras tanto, los lugares de decisión siguen ocupados por las mismas personas. El discurso de inclusión funciona como una vitrina: todas pueden mirarse diversas sin alterar nada estructural. El sociólogo Pierre Bourdieu lo llamaría la reproducción del campo: cambian los rostros, pero no las reglas del juego. Lo que parece movilidad, muchas veces, es solo ilusión.
El nuevo techo de cristal es más sofisticado
Ya no se impone con censura, sino con reconocimiento selectivo. Ya no excluye de frente, sino que integra con condiciones. Es un sistema que premia la diferencia mientras no cuestione el orden que la oprime. Y ahí aparece el golpe psicológico: el techo no solo limita, también te hace dudar del tamaño de tus sueños. Cuando te repiten tantas veces que “todavía no estás lista”, llega un momento en que empiezas a creerlo, a pensar que quizá pides demasiado, que tu deseo de expansión es desproporcionado. Pero no es así. Lo que está desmedido es el miedo del poder a perder el control: el control de la mirada, del deseo, del relato; el control de quién es considerada como universal y quién sigue siendo “la otra”.
Y, sin embargo, algo está cambiando. No porque el sistema haya despertado, sino porque cada vez somos más quienes lo nombramos, quienes entendemos que romper el techo no es ocupar su lugar, sino construir otra estructura: más transparente, más porosa, más humana. Dejamos de pedir permiso para estar y empezamos a crear nuestros propios espacios, a pasar de la representación a la transformación, a usar la visibilidad no como premio, sino como herramienta de cambio.
Al final, eso es lo que más asusta al poder: no la diferencia visible, sino la diferencia organizada. Esa que ya no busca estar en la foto, sino cambiar quién la toma. Porque “todavía no” fue el techo, pero también la chispa. El recordatorio de que el momento no se espera: se construye, juntas, hasta romper el cielo.
Por: Paola Cazarán.
