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Yo no nací odiándome, me enseñaron a hacerlo

Yo no nací odiándome, me enseñaron a hacerlo


En Colombia, el suicidio es la segunda causa de muerte en adolescentes. Cada año, cientos de niñas, niños y jóvenes deciden quitarse la vida. No porque quieran morir, sino porque no encuentran una salida. Porque el dolor de existir en un mundo que los castiga por ser diferentes se vuelve insoportable.


Una de las causas más comunes: el acoso escolar. Y no, no es una etapa. No es “cosa de niños”. Es violencia. Y puede matar. Cuando hablo con amigos, casi todos coincidimos en algo: muchos de nuestros miedos, inseguridades y heridas más profundas nacieron en el colegio. Como si, además de enseñarnos a sumar, también nos enseñaran —de forma silenciosa y persistente— a odiarnos.

La escuela puede ser uno de los lugares más solitarios para un niño que no encaja. Niños heridos, que a falta de ternura o acompañamiento, terminan reproduciendo el dolor que no saben nombrar. Y quienes reciben ese dolor suelen ser los más vulnerables: los que son distintos, los que no tienen redes, los que no han aprendido aún a defenderse.

Lo digo no solo por estadísticas. Lo digo porque yo también estuve ahí. Yo también supe lo que es odiarse sin entender por qué. “No estaba bien ser negra. Tener el cabello crespo. Los labios grandes. No estaba bien existir en este cuerpo.”

En mis primeros años, me sentía especial, curiosa, viva. Pero muy pronto, los comentarios comenzaron a decirme que todo lo que yo era… no estaba bien. Que no estaba bien ser negra. Tener el cabello crespo. Labios grandes. Piernas largas. No estaba bien existir en este cuerpo. Paradójicamente, hoy soy modelo. Camino pasarelas, protagonizo campañas de belleza. Aquellas características que un día me hicieron llorar frente al espejo son ahora parte de lo que me sostiene.

Paola Cazarán, Marie Claire Colombia octubre 2024
Yo no nací odiándome, me enseñaron a hacerlo.

Pero llegar hasta aquí me costó años de reconstrucción. Antes de aprender a amarme, tuve que desaprender el odio. Odiaba mi cuerpo. Odiaba existir en una sociedad que me decía todos los días que no era suficiente. Que me hacía sentir invisible. O, peor aún, indeseable. En mi barrio, las niñas no querían jugar conmigo porque “se les pegaba lo negra”. En el colegio me decían: “tú serías linda si no fueras negra”.

Cuando intenté defenderme, me corretearon hasta fuera del colegio mientras me tiraban piedras. Ni siquiera podía ir al parque sin ser humillada. Un grupo de jóvenes se reunía allí para gritarme “corto circuito” por mi cabello. Una vez, mi mamá salió a defenderme. Se enfrentó a ellos con la misma furia con la que me consolaba cada noche. También fue insultada. Recuerdo su rostro. Y cómo su fuerza me sostuvo cuando yo ya no podía más.

“El daño no era estético. Era existencial.” Lo que muchos llaman “bromas de niños” fue, para mí, violencia constante. Una violencia que no dejaba moretones, pero sí cicatrices profundas. El acoso escolar no me robaba solo la alegría: me arrebataba el sentido de pertenencia. Me hacía dudar si merecía amor. Me alejaba de la posibilidad de sentirme parte de algo. Y no era una experiencia aislada. El acoso tiene raíces.

Se alimenta del racismo, del clasismo, de la ignorancia sobre la diversidad. Nace en casas donde se enseña a temer o despreciar lo distinto. Y crece en escuelas que no saben cuidar ni transformar. Según la UNESCO, uno de cada tres estudiantes en el mundo ha sido víctima de acoso escolar. En América Latina, los motivos más comunes siguen siendo el racismo, la xenofobia, la gordofobia y la LGBTIQ+fobia.

¿De verdad creemos que eso es un problema “entre niños”? No. Es una sociedad entera que reproduce, desde la infancia, lo que no ha querido sanar. Con el tiempo entendí algo importante: muchas veces, quienes acosan también son niños heridos. Niños que buscan validación, que no han recibido ternura, que no saben cómo manejar su frustración.

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Pero hay una diferencia: no todos los niños tienen las mismas redes, los mismos apoyos, la misma posibilidad de resistir. “El agresor siempre detecta al más vulnerable. Y muchas veces, la diferencia es una forma de soledad. ”Yo no tuve una comunidad escolar que me protegiera. Pero tuve a mi mamá y a mi hermana. Mujeres valientes, amorosas, que me recordaban cada día que yo era hermosa, incluso cuando el mundo me decía lo contrario. Gracias a ellas, resistí. Y entendí que la resistencia también es un acto de amor. Pero no todos los niños tienen esa suerte.

Y no todos sobreviven. Nunca pensé en quitarme la vida. Pero escribiendo esto me doy cuenta: si lo hubiera hecho, no habría sido sorprendente. El nivel de dolor que cargaba una niña solo por existir ya era suficiente para apagar cualquier luz. Y entonces me pregunto: ¿qué pasa con aquellos que, a los ocho, diez, doce años, ya se preguntan si vale la pena vivir? Pienso en Sergio Urrego. En su sonrisa. En su gesto de amor.

En cómo fue expulsado de su colegio por besar a otro chico. En cómo la intolerancia institucional lo empujó al vacío. Y en cómo, después de su muerte, su madre transformó el dolor en propósito: nació la Fundación Sergio Urrego, que hoy lucha por prevenir el suicidio adolescente y crear espacios educativos libres de discriminación. Sergio no tuvo tiempo. Pero su historia está salvando otras.

Este no es un texto con final feliz. Es un testimonio de supervivencia. Una invitación a dejar de romantizar la crueldad infantil. A no normalizar el odio aprendido. A construir entornos donde la infancia no sea una batalla diaria contra la vergüenza y el rechazo. Porque mientras sigamos llamando “etapas” o “bromas” a lo que es violencia, habrá más niñas odiándose frente al espejo. Y más adultos intentando amarse con heridas que no buscaron. El amor propio no debería ser una conquista. Debería ser un derecho desde que nacemos.


Por: Paola Cazarán


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