Sabores japoneses, ingredientes frescos y un entorno natural definen la propuesta de Tomodachi en La Calera.
La historia de Tomodachi comienza mucho antes de que sirviera su primer plato. En 2003, su fundador, Camilo Giraldo, vivía en un pequeño apartamento bajo una casa campestre en La Calera, rodeado de naturaleza, el lugar que siempre había soñado. Allí, un encuentro inesperado con un cachorro marcaría el inicio de un vínculo que cambiaría su vida para siempre.
Una tarde, mientras veía televisión, un pequeño perro cruzó la puerta y se sentó frente a él. No ladró ni lloró, solo lo miró en silencio, como si supiera que estaba en el lugar correcto. Era uno de los cachorros de los vecinos, así que lo devolvió con su madre. Sin embargo, al día siguiente regresó, y luego volvió a hacerlo una y otra vez.

Un encuentro que lo cambió todo
Tras varias visitas, decidió hablar con su dueño para adoptarlo. Así llegó Tomodachi, nombre japonés que significa amigo. Aunque su fundador siempre dice que fue el perro quien lo adoptó a él.
Cuando Tomo tenía seis meses, sus orejas ya se habían erguido, como es habitual en los Akitas. Pero un viaje lo cambió todo: durante la ausencia de su dueño, dejó de comer por una semana. Al volver, recuperó su alegría, pero una de sus orejas quedó con la punta ligeramente doblada, un detalle que se convirtió en el símbolo de su lealtad y sensibilidad.
El homenaje convertido en restaurante
En 2015, nació un restaurante como homenaje a esa amistad. Tomo conoció el lugar y, según su dueño, entendió que era suyo. El logo, diseñado por Karim Estefan, refleja con fidelidad su esencia y se ha convertido en parte de la identidad del espacio.

Tomo vivió libre y feliz en La Calera hasta 2020. Ese año, tras compartirle un último plato de chicharrón, fue despedido en casa, acompañado de su familia y del veterinario que lo cuidó durante años. La tristeza fue inmensa, pero también la gratitud por todo lo vivido.
‘Siempre he creído que los perros tienen emociones profundas e increíbles. Nos enseñan lo que significa el amor incondicional y la verdadera amistad. Creemos que somos sus padres, pero es al revés: ellos darían su vida por nosotros’, menciona Camilo Giraldo.
El espíritu que acompaña cada plato
Hoy, Tomodachi es más que un restaurante: es un espacio donde la comida se sirve con una historia detrás. Cada tazón de ramen y cada plato llevan el espíritu de un perro que supo elegir a su familia y de una amistad que, aunque comenzó de manera inesperada, se convirtió en un lazo para toda la vida.
‘Aparte de la pasión y el amor que inspiró Tomo, nuestro perro y amigo, para hacer buen ramen trajimos a Kumiko Kitamura, una abuela japonesa que nos enseñó los secretos de su cocina. Con su guía aprendimos a preparar caldos profundos y fideos perfectos, y de esa experiencia nació Kumiko Tei, un homenaje a su legado y a la autenticidad del ramen japonés’, añade Giraldo.
