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La memoria en la piel: sanar lo que no empezó conmigo

La memoria en la piel: sanar lo que no empezó conmigo


Hablar de racismo sin hablar de salud mental es ignorar su herida más silenciosa: la que permanece en el cuerpo y en la mente de quienes lo viven.


Cada 10 de octubre se conmemora el Día Mundial de la Salud Mental y, pocos días después, el 12 de octubre, el Día de la Raza. A primera vista parecen fechas sin relación, pero en realidad están profundamente conectadas.

No es casualidad que nuestros cuerpos rememoren incluso lo que no vivieron. Recuerdan el miedo de las abuelas, los pasos medidos de los padres, el silencio que salvó vidas. Vivir en un cuerpo negro, indígena, raizal, palenquero, mestizo, empobrecido —o en cualquier comunidad históricamente excluida— es hacerlo con la conciencia constante de que el cuerpo está bajo sospecha. 

No es una vivencia individual, es una marca estructural: ir a un aeropuerto y esperar ser llevadxs a un cuarto aparte, presentarse a un trabajo y elegir la ropa con cuidado para no ser criminalizadxs o sexualizadxs, caminar por la calle y sentir que un gesto mínimo puede ser leído como amenaza. Habitar estos cuerpos es cargar con la idea —inculcada por las estructuras sociales— de que nuestra sola existencia es un problema.

Durante años viví con miedo, inseguridad, angustia e insuficiencia que no pude explicar. Podía ser tímida hasta desaparecerme o reaccionar con ira desbordante. Era como si mi cuerpo estuviera desconectado de su lugar en el mundo. Esa desconexión me desbordaba: a veces me volvía invisible para no incomodar, otras me empujaba a gritar para demostrar que existía. Incluso en la universidad no temía a los libros ni a los retos académicos, sino a las miradas que despertaba mi piel. Ese miedo me llevó a cambiar de carrera y buscar refugio en quienes me ofrecieran un respiro momentáneo.

Cuando finalmente encontré ayuda en terapia, me hablaron de “ansiedad social”. Al principio pensé que era solo timidez, un problema individual. Pero pronto comprendí que no surgía de la nada: mi cuerpo estaba reaccionando a años de condicionamiento social, a una historia de violencia que no empezó conmigo. Era memoria, era historia: un trauma colectivo alojado en los cuerpos de quienes habitamos espacios racializados. No era solo mi ansiedad: era la herencia de siglos de cuerpos enseñados a medir cada palabra y cada paso para no ser castigados.

Sin embargo, ese contexto nunca aparecía en el consultorio. Los diagnósticos no nombraban la injusticia ni la violencia histórica. Algunas respuestas llegaban en forma de silencios prolongados; otras, en frases como “no entiendo del todo lo que me cuentas”. Me recetaron medicación, me pidieron “regular emociones”, y más de una vez escuché etiquetas como “negra resentida” o “indígena problemática”. Todas cumplen la misma función: invalidar la experiencia racializada y desviar la atención de lo que realmente duele.

Cada silencio en la consulta me confirmaba que nuestra historia no estaba contemplada en los manuales ni en las estadísticas. Este no es un problema aislado: es un vacío estructural. Los programas de atención psicosocial rara vez incluyen enfoques étnicos o raciales. El Ministerio de Salud no reconoce de forma clara cómo el racismo afecta la salud mental, y los registros oficiales apenas consideran la variable étnica. La ausencia de datos también es violencia. Lo he vivido: cada vez que busco cifras y no me encuentro en ellas, me doy cuenta de que, para el sistema, mi historia sigue siendo invisible.

¿Cómo puede un país hablar de salud mental si no reconoce el racismo como herida abierta? ¿De qué sirven programas y campañas si nunca se nombra el dolor histórico de quienes han sido desplazadxs, silenciadxs, estigmatizadxs?

No obstante, las comunidades racializadas no solo cargan dolor: también han creado prácticas de resistencia y sanación como la música, la danza, la espiritualidad, la memoria oral y las redes comunitarias, entre otras. Yo he encontrado en la danza un lugar donde mi cuerpo vuelve a mí. Los tambores del Pacífico me han recordado que la alegría también es resistencia. Cada círculo de palabra en el que he participado me ha devuelto la certeza de que no estamos solxs. No son adornos: son terapias colectivas.

El trauma histórico existe, pero no es destino. Sanar no significa olvidar: significa reconocer, validar, transformar.

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«Cuando nos arrancaron la lengua, también nos arrancaron parte del alma». —Mamo de la Sierra Nevada

«Cuando contamos nuestra historia en voz alta, el miedo se va y nos reconocemos de nuevo». —Lideresa del Chocó

Sanar exige más que voluntad individual. Se requieren: 

  • Consultas psicoterapéuticas que aborden el racismo vivido.
  • Terapeutas que comprendan que la hipervigilancia es memoria de supervivencia y no patología.
  • Instituciones que midan el impacto del racismo y publiquen datos claros.
  • Universidades que dejen de imaginar al paciente universal y abran espacio a otras historias.
  • Medios que nombren el racismo como determinante de salud.
  • Comunidades que sigan tejiendo redes de cuidado como refugio y medicina.

Sanar es político. Sanar es decir lo que incomoda. Sanar es contar la historia en voz alta hasta que el miedo se desvanezca. Lo que somos nunca estuvo mal. Lo que nos hicieron creer, sí.

La pregunta es si estamos listxs —como sociedad, como disciplina, como país— para aceptar que sanar no es solo tarea individual, sino una urgencia colectiva.


Por: Paola Cazarán


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