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Soñe su nombre

Soñe su nombre

Eran las 7:30 de la noche y tenía una cita en la Cinemateca de Bogotá. Estaba a punto de ver Sonríe su nombre, la película de Ángela Carabali. Sabía que allí había una búsqueda: la de un padre desaparecido. Lo que no sabía todavía era que esa película iba a dejarme pensando no solo en una ausencia, sino en algo más difícil de nombrar: qué pasa con quienes se quedan cuando la violencia arranca a alguien y no devuelve ni el cuerpo ni el cierre.

Pienso en eso ahora, cuando se acerca el 9 de abril y Colombia vuelve a hablar de sus víctimas. Cada año el país ensaya el recuerdo, convoca homenajes y repite palabras. Pero hay dolores que no caben del todo en la conmemoración. Dolores que siguen viviendo en la casa, en el pecho, en una fotografía que nadie toca, en las preguntas que no terminan de cerrarse.

Soñé su nombre Paola Cazarán
Eran las 7:30 de la noche y tenía una cita en la Cinemateca de Bogotá. Estaba a punto de ver Sonríe su nombre, la película de Ángela Carabali.

Quizás por eso me impactó tanto escuchar a Ángela hablar de su película, porque Sonríe su nombre no está hecha solo para seguir el rastro de su padre. Está hecha también para mirar la vida emocional de quienes sobreviven a esa ausencia. Y ahí, para mí, empieza su verdad más honda. Se habla mucho del desaparecido, dice Ángela, pero poco del cuidado de quien se queda, de lo que tiene que transitar, de ese gran silencio y de esa incertidumbre que carcome el corazón.

Esa frase pesa más de lo que este país suele admitir. Durante demasiado tiempo nos enseñaron a pensar la violencia desde el hecho: el crimen, la cifra, el expediente… y mucho menos a mirar lo que la violencia hace con la vida que sigue. Y hay algo que Colombia todavía no termina de asumir: la guerra no produce solo muertos y desaparecidos; produce también vidas suspendidas; produce familias enteras organizadas alrededor de una pregunta que no tiene respuesta.

Por eso, Sonríe su nombre saca la memoria del archivo y la devuelve al cuerpo. En la zona de las hijas, las madres, las familias; la de las hijas, las madres, las familias; la de quienes no pueden cerrar porque la pregunta sigue abierta. La de esa ausencia que no termina de irse y aprende a convivir con los vivos.

Y esa carga, tantas veces, la sostienen las mujeres: las madres que buscan. Las hijas que heredan preguntas. Las mujeres que mantienen el vínculo mientras el resto del mundo sigue adelante.

En medio de la conversación, Ángela dijo algo durísimo: “Muchas madres se hacen una coraza para buscar, para sostener una familia, para continuar… Y, en esa fuerza, también se olvidan de sí mismas”. Mirar la desaparición desde ahí cambia la escena entera. Ya no estamos solo ante un crimen político, sino también ante el peso desigual de sostener la memoria, la búsqueda y la sobrevivencia.

Por eso, leer esta película desde una mirada feminista no es ponerle una etiqueta, sino entender que la violencia deja una huella específica en el cuerpo de las mujeres y en el trabajo de cuidado que históricamente se les impone. Las madres buscadoras no son una metáfora conmovedora del país; son el país sosteniendo lo que el país no ha sabido reparar.

Quizás por eso me importó tanto escuchar a Ángela hablar de su película, porque Sonríe su nombre no está hecha solo para seguir el rastro de su padre. Está hecha también para mirar la vida emocional de quienes sobreviven a esa ausencia. Y ahí, para mí, empieza su verdad más honda. Se habla mucho del desaparecido, dice Ángela, pero poco del cuidado de quien se queda, de lo que tiene que transitar, de ese gran silencio y de esa incertidumbre que carcome el corazón.

Esa frase pesa más de lo que este país suele admitir. Durante demasiado tiempo nos enseñaron a pensar la violencia desde el hecho: el crimen, la cifra, el expediente… y mucho menos a mirar lo que la violencia hace con la vida que sigue. Y hay algo que Colombia todavía no termina de asumir: la guerra no produce solo muertos y desaparecidos; produce también vidas suspendidas; produce familias enteras organizadas alrededor de una pregunta que no tiene cierre.

Por eso, Sonríe su nombre saca la memoria del estatuto de verdad. No como exotismo ni color local, sino como una manera legítima de recordar, orientarse y creer.

No da igual que esa apuesta la sostenga una mujer negra. Ángela cuenta desde el corazón de la intuición, desde el territorio, desde los usos y costumbres de las comunidades étnicas, desde la dignidad de la labor campesina. Y hay además una dimensión histórica que pesa: no es menor que una mujer afrocolombiana llegue a la pantalla grande en un país que ha tardado demasiado en abrirse a sus espacios de legitimación de las voces negras.

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Por eso, Sonríe su nombre no se repliega en una herida privada: busca tejer. Hay en la película un puente entre lo afro e indígena, entre la ciudad y el campo, entre generaciones de mujeres que sostienen, buscan y orientan. No ofrece redención, tampoco promete cierre; pero sí se atreve a imaginar compañía.

También quiero agradecerle algo a Ángela Carabali: haber puesto su talento, su intuición y sus dones al servicio de una verdad que muchas veces no encuentra palabras. Al escucharla y al ver Sonríe su nombre, pensé en mi padre. No porque nuestras historias fueran las mismas, sino porque Ángela nombró algo que yo ni siquiera me había atrevido a tocar del todo: la memoria que vive en las fotos, la ira, el miedo, la tristeza… Todo eso que a veces uno deja quieto para poder seguir. Y ahí entendí que la fuerza no radica solo en la ausencia, sino en abrir un lenguaje para otros.

Y quizá por eso la emoción que Ángela quiere dejar en quienes ven la película no es admiración ni impacto. Es alivio. Alivio de saber que no estamos solos. Alivio de sentir que ese peso de callar durante tantos años puede empezar a decirse. Alivio de descubrir que el dolor no tiene que seguir escondido para ser digno.

Salí de la Cinemateca pensando en eso: en que hay obras que no devuelven a quien falta, pero sí impiden que el silencio termine de quedarse con él. En que hay películas que no solo cuentan una historia, sino que abren un lenguaje para hablar de lo que el país todavía no sabe acompañar. Sonríe su nombre no devuelve a quien falta, pero sí devuelve algo: la posibilidad de nombrarlo sin que el olvido termine de pronunciarlo por nosotros.


Por: Paola Cazarán.


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