Hay ciudades que se visitan, otras se entienden. Y después está Bruselas. A tan solo una hora y media de París en tren o poco más de tres horas por carretera, la capital belga suele quedar eclipsada por destinos como Londres, Ámsterdam o la propia Ciudad Luz. Sin embargo, basta recorrerla una vez para descubrir que Bruselas es mucho más que la sede de la Unión Europea: es una ciudad donde conviven palacios, callejones medievales, arquitectura Art Nouveau, galerías de arte, chocolaterías centenarias y una de las escenas gastronómicas más interesantes del continente.
Pero hay una diferencia entre visitar Bruselas y descubrirla. Mi experiencia comenzó gracias a VIVE Travel, una firma francesa de gestión de destinos especializada en diseñar viajes y eventos de lujo profundamente personalizados.
VIVE fue fundada por Francisco Betancourt, cuya trayectoria en el derecho de negocios en América Latina terminó por conducirlo hacia una vocación distinta: crear experiencias excepcionales y desarrollar una hospitalidad de categoría mundial en Francia.
Durante la última década, Francisco ha trabajado con viajeros de Europa y América, así como con algunos de los principales actores del sector turístico, diseñando itinerarios privados, eventos exclusivos y experiencias capaces de revelar un destino desde una perspectiva mucho más íntima.
Su filosofía parte de una convicción sencilla: el verdadero lujo no reside únicamente en el acceso, sino en la conexión. En los momentos de asombro. En el calor humano. En esos encuentros inesperados que consiguen transformar un viaje extraordinario en una historia que permanece.
Arraigada en la herencia latinoamericana de su fundador, VIVE es más que un nombre. Es una invitación a experimentar cada destino de una manera vibrante, emocional y profundamente personal. Esa mirada fue precisamente la que definió nuestro recorrido por Bruselas.
Una primera impresión de Bruselas
Antes incluso de llegar al hotel, VIVE propuso una primera parada que marcó el tono del viaje.
El almuerzo fue en Brasserie Auguste, una de las aperturas gastronómicas más recientes de la ciudad, ubicada frente a la icónica Grand-Place. En lugar de reinterpretar la cocina belga desde la extravagancia, el restaurante apuesta por una elegancia relajada donde el protagonismo recae en el producto, la temporalidad y la tradición franco-belga.
Desde sus ventanas, la arquitectura de la plaza parece convertirse en el escenario perfecto para comenzar a entender Bruselas.
Entre todos los detalles hubo uno que permanece en mi memoria: una copa de champagne con delicados aromas a rosas. Un gesto inesperado que terminó convirtiéndose en el preludio perfecto para una ciudad que constantemente sorprende desde los pequeños detalles.
Corinthia Brussels: el regreso de un ícono europeo
Después de recorrer el centro histórico, llegó el momento de hacer el check-in en Corinthia Brussels, probablemente la apertura hotelera más importante que ha vivido Bélgica en los últimos años.
El hotel ocupa el histórico Grand Hotel Astoria, inaugurado en 1910 para recibir a la realeza y a los invitados internacionales de la Exposición Universal. Tras varios años de una extraordinaria restauración, el edificio ha recuperado su esplendor Belle Époque bajo la visión contemporánea de Corinthia Hotels.

Desde el primer momento, el hotel transmite una sensación distinta. No pretende impresionar con ostentación. Invita a quedarse.
Las suites, bañadas por luz natural y cuidadosamente diseñadas, consiguen un equilibrio entre patrimonio histórico y diseño contemporáneo. Cada detalle parece pensado para crear una sensación de calma absoluta.

Más que un hotel de lujo, Corinthia Brussels consigue algo mucho más difícil: hacerte sentir en casa mientras estás descubriendo una ciudad completamente nueva.
Después de recorrer la propiedad y conocer algunos de los espacios restaurados del antiguo Astoria, comprendí por qué este proyecto se ha convertido en una de las aperturas más comentadas de Europa.

La mañana siguiente comenzó con un desayuno servido en la habitación. Pocas veces una suite invita tanto a detener el tiempo. Con vistas a una ciudad que apenas despertaba, entendí que la hospitalidad también puede expresarse a través del silencio, la luz y el cuidado por cada detalle.
Una noche para recordar
La experiencia gastronómica continuó dentro del hotel con una cena en Le Petit Bon Bon, el restaurante dirigido por el reconocido chef belga Christophe Hardiquest.
Su propuesta parte de una interpretación generosa y contemporánea de la brasserie belga, en un espacio que conserva la calidez de un restaurante de barrio mientras eleva cada platillo a través del producto, la técnica y una mirada personal.

La cocina de Hardiquest evita sentirse excesivamente solemne. En su lugar, privilegia los sabores reconocibles, la memoria y una sofisticación que nunca pierde cercanía.
Otro de los grandes espacios gastronómicos del hotel es Palais Royal, dirigido por el chef David Martin. Concebido como la propuesta de alta cocina de Corinthia Brussels, el restaurante representa una de las apuestas culinarias más ambiciosas de la propiedad y confirma que el hotel ha sido pensado como un destino por sí mismo, incluso para quienes no se hospedan en él.

La noche terminó en Under The Stairs, un íntimo cocktail bar escondido bajo la monumental escalera del hotel y dirigido por la reconocida mixóloga belga Hannah Van Ongevalle. Su carta, titulada Love Letters, está inspirada en cartas de amor. Cada cóctel cuenta una historia distinta.
El mío llevaba por nombre To The One Who Got Away y, sin exagerar, terminó convirtiéndose en uno de los mejores cocktails que he probado recientemente: elegante, complejo y profundamente evocador.

Magritte, el hombre detrás del surrealismo
Uno de los momentos más especiales del viaje llegó con un recorrido privado por el Museo Magritte.
Más allá de admirar algunas de las obras más importantes del surrealismo, la visita permitió descubrir aspectos poco conocidos de la vida del artista.

René Magritte trabajó durante años como ilustrador en una agencia de publicidad antes de convertirse en uno de los pintores más influyentes del siglo XX. Esa experiencia marcaría profundamente su lenguaje visual y su extraordinaria capacidad para transformar objetos cotidianos en símbolos universales.
También conocimos una faceta mucho más íntima de su historia: la rivalidad que llegó a sentir frente al enorme reconocimiento internacional de Salvador Dalí y la existencia de una extensa colección de dibujos de carácter erótico que permanece bajo resguardo del Estado belga y rara vez se exhibe públicamente.
Salir del museo fue comprender que conocer una obra también implica conocer al hombre detrás de ella.
La Bruselas que conocen los locales
El almuerzo nos llevó a Restaurant Vincent, considerado uno de los restaurantes históricos más emblemáticos de Bruselas y un referente para descubrir la cocina tradicional belga. Pero fue durante la tarde cuando apareció la Bruselas que difícilmente encuentran los viajeros.
Nuestra guía fue María, creadora de Hungry Mary. Parisina de nacimiento y belga por elección desde hace más de quince años, conoce la ciudad con la naturalidad de quien la ha hecho su hogar.

Gracias a ella recorrimos antiguos cafés donde durante generaciones se presentaban espectáculos de marionetas; degustamos algunas de las cervezas que han convertido a Bélgica en una referencia mundial; visitamos chocolaterías artesanales donde el chocolate continúa elaborándose con la misma dedicación de hace décadas y caminamos por calles que conservan intacto el espíritu de otra época.
Fue una Bruselas profundamente local. Lejos de las multitudes. Lejos de los itinerarios tradicionales. En ese tipo de experiencias se entiende con mayor claridad la filosofía de VIVE: no se trata de acumular reservas o lugares, sino de construir una narrativa alrededor del destino.
Cada encuentro parecía conducir al siguiente. Cada espacio aportaba una nueva capa a la ciudad. Y cada momento estaba pensado para revelar algo que no habría sido posible descubrir de la misma forma por cuenta propia.
El diseño también cuenta historias
Como parte del recorrido tuvimos acceso al estudio privado de Roseline d’Oreye, quien comenzó su carrera como ilustradora antes de convertirse en una de las diseñadoras textiles más reconocidas de Bélgica.
Especializada en la creación de extraordinarias piezas de seda y colaboraciones con importantes casas internacionales, Roseline ha construido un universo creativo donde el arte, la moda y la artesanía dialogan de manera natural.

Conversar con ella dentro de su estudio permitió comprender que la creatividad belga continúa encontrando inspiración en su tradición sin dejar de mirar hacia el futuro.
Más que una visita, fue uno de esos encuentros personales que terminan definiendo la memoria de un viaje.

Una despedida con siglos de historia
La jornada concluyó en otro de los grandes íconos de la ciudad: Hotel Amigo, miembro de Rocco Forte Hotels. Pocas propiedades resumen mejor la historia de Bruselas.

Antes de convertirse en uno de los hoteles más prestigiosos de Europa, el edificio funcionó como prisión, una historia que aún permanece visible junto a la propiedad.
Hoy recibe a jefes de Estado, miembros de la realeza, artistas y celebridades internacionales.
Durante el recorrido conocimos la suite presidencial, desde cuya terraza se contemplan algunos de los mejores atardeceres sobre los tejados medievales del centro histórico, así como la célebre suite diseñada por Diane von Furstenberg, una intervención profundamente personal donde frases, objetos y referencias a la diseñadora convierten la estancia en una experiencia inmersiva.
La última parada fue Bar Magritte, el único bar del mundo autorizado oficialmente por la Fundación Magritte para desarrollar un concepto inspirado en el artista. Cada cóctel funciona como una reinterpretación de sus obras y confirma que, en Bruselas, incluso una copa puede convertirse en una expresión artística.

Cuando pensaba que la ciudad ya no podía sorprenderme, comprendí que ese era precisamente su mayor encanto.
Bruselas no necesita grandes monumentos para cautivar. Lo hace a través de los detalles. De las conversaciones. De los talleres donde nacen nuevas ideas. De hoteles que recuperan la historia para proyectarla hacia el futuro.

Y de experiencias cuidadosamente curadas que terminan convirtiendo un viaje en algo mucho más difícil de olvidar.
Quizá esa sea la mayor lección de este destino. El lujo contemporáneo ya no consiste únicamente en dormir en un gran hotel o reservar la mejor mesa de un restaurante.
Consiste en acceder a historias que pocos conocen. En descubrir el alma de una ciudad de la mano de quienes la viven. Al permitir que un itinerario no solo te muestre un lugar, sino que consiga conectarte emocionalmente con él.
Y en regresar con la certeza de que, después de Bruselas, la manera de viajar ya no vuelve a ser la misma.
