Escribo sobre mi mamá, Martha, porque su historia me conduce inevitablemente a algo más grande. En América Latina, muchas mujeres no llegan a la maternidad desde la calma ni desde una elección plena, sino después de haber aprendido otra cosa: a aguantar, a resolver, a seguir, incluso cuando ya no pueden más.
A los ocho años sacaron a mi mamá de su vereda y la mandaron a Marroquín, un caserío de Casanare, a cuidar a los hijos de unos profesores. A los doce años la mandaron a Bogotá, otra vez a cuidar niños ajenos.
Por eso me cuesta pensar que su historia empieza cuando fue madre. Su historia ya venía marcada desde antes, desde una infancia interrumpida, desde una niña arrancada de su casa que tuvo que empezar a hacerse cargo de cosas demasiado pronto. Mi abuela decía que la había llevado para que estudiara, para que no se quedara atrapada en una vida ya decidida. Puede que esa haya sido la intención; puede incluso que, dentro de lo que ella entendía como posible, creyera que estaba abriéndole otro camino. Pero aun así hay algo que no cambia: a mi mamá la formaron primero para servir, para trabajar, para responder, para resolver lo urgente antes de poder preguntarse por sí misma.

Tal vez por eso me incomoda tanto esa imagen de la madre fuerte que vuelve cada mayo. No porque no sea cierta. Mi mamá fue fuerte, muchísimo. Muchas lo son. Lo que me incomoda es todo lo que esa palabra deja por fuera cuando se usa sin contexto. Uno dice “qué mujer tan fuerte” y parece que con eso ya hubiera entendido todo, cuando en realidad detrás de esa fuerza hubo pobreza, trabajo precoz, violencia, miedo y sobrecarga. Se admira el resultado y se deja intacto todo lo que hizo falta para que esa fortaleza se volviera necesaria.
Yo crecí viendo en mi mamá una dureza que durante mucho tiempo no supe leer. La veía cansada, ocupada, siempre corriendo, a veces distante. Me tomó años entender que no era una mujer fría ni una persona hecha naturalmente para soportarlo todo. Estaba frente a una mujer entrenada desde niña para hacerse cargo.
Mi mamá conoció a mi papá en Arauca. Él era un hombre negro del Cauca, también atravesado por la pobreza y por esa forma tan colombiana en la que buscar oportunidades casi siempre implica irse, desprenderse, empezar de nuevo en otra parte. Pero haber vivido violencia no impidió que la ejerciera. La vida con él estuvo marcada por el maltrato, la inestabilidad y el miedo. En medio de esa vida nació mi hermana Adriana, cuando mi mamá tenía 22 años. Esa fue la primera vez que fue madre.
Tampoco esa primera maternidad llegó en un momento de calma, sino en una vida ya atravesada por la precariedad, la violencia y la urgencia de salir adelante. Afuera, además, estaba la guerra, no como un paisaje de fondo, sino metida en la vida cotidiana, estrechándolo todo: el movimiento, la confianza, la posibilidad de imaginar una vida distinta.
Hubo un momento en que quedarse dejó de ser posible. Mi mamá tuvo que salir de una violencia que ya había cruzado un límite. Quiso salvarse con lo poco que tenía a la mano, sin plata, sin red, sin protección, y aun así, cuando intentó salir, lo que encontró no fue alivio sino castigo. Esa parte de la historia siempre me golpea, porque en este país muchas veces una mujer no solo carga con la violencia que vive, sino también con el precio de intentar irse.
Cuatro años después nací yo. Y poco tiempo más tarde mataron a mi papá.
La imagen que me quedó —o que heredé de tanto escucharla— es la de una niña corriendo alrededor de un ataúd y gritando que ese no era su papá. Durante años pensé en esa escena como una tragedia íntima, algo solo nuestro, algo de familia. Hoy la leo de otra manera. La guerra no termina cuando mata. También deja marcado lo que viene después. Decide quién puede detenerse, quién puede llorar y quién tiene que seguir porque la vida no da tregua.
A nosotras no nos dejó mucho tiempo para el duelo. Mi mamá siguió trabajando: hizo aseos, fue secretaria y asistente, vendió revistas, marcó carros en un taller. Salía a las cinco de la mañana y volvía a las seis de la tarde. Yo crecí viéndola poco y durante mucho tiempo entendí esa ausencia con las categorías equivocadas: distancia, frialdad, falta de ternura.
Hoy lo veo distinto. A muchas madres no les falta amor; les falta tiempo, les falta cuerpo, les falta descanso, les falta margen.
Y no les falta por desinterés, sino porque alguien tiene que salir a buscar el sustento, atravesar la ciudad, soportar humillaciones, volver con algo a la casa y repetirlo al día siguiente. Hay una parte de la maternidad en América Latina que no se parece a la postal del cuidado sereno: se parece más bien a una vida sostenida desde el agotamiento, a una forma diaria de resolver lo urgente.
Eso cambia mucho la manera en que una mira estas historias. La ausencia de muchas madres pobres no fue abandono, sino supervivencia forzada. Fue una manera dura, contradictoria y dolorosa de cuidar: no estar todo lo que querían para poder sostener lo básico.
Y, sin embargo, sobre esa ausencia también cae una culpa que no descansa. No basta con que trabajen, cuiden, resuelvan y sostengan. Además, tienen que sentir que quedaron debiendo, que no estuvieron lo suficiente, que no dieron lo suficiente, que siempre faltó algo.
Mi mamá cargó con esa culpa durante años: no haber estado más, no haber podido ofrecer otra vida desde el principio, no alcanzar nunca del todo. Durante años pensé esa culpa como algo muy suyo, casi como un rasgo de su carácter. Hoy ya no.
Hoy creo que a demasiadas mujeres les enseñaron que una buena madre siempre se queda corta, que amar es aguantar, que ponerse primero se parece a una falla y que cualquier límite propio corre el riesgo de parecer egoísmo.
Por eso también me cuesta el elogio automático de las madres verracas, luchonas o guerreras. Entiendo de dónde viene esa admiración: viene del reconocimiento de una fuerza real; pero cuando esa fuerza se celebra sin preguntarse de dónde salió, pasa algo tramposo: termina siendo admirable algo que en realidad nunca debió ser normal.
Y aun así, hay algo que no quiero perder de vista en este texto.
Mi mamá no fue solo una mujer sobrecargada por las circunstancias. También fue una mujer que trabajó, decidió, resolvió y sostuvo. Nunca nos sobró nada, pero hizo que no nos faltara lo básico. Nos empujó a estudiar. Nos enseñó que la vida no tenía por qué quedarse del tamaño de la necesidad. Hizo posible una vida menos estrecha que la suya.
Yo le debo muchísimo. La amo. Y precisamente por eso me niego a llamar virtud a todo lo que tuvo que soportar. No quiero convertir a Martha en una heroína de mayo. Pero tampoco quiero narrarla como si hubiera sido solo una víctima arrastrada por la historia.
Mi mamá hizo un trabajo inmenso. Puso cuerpo, tiempo, inteligencia, disciplina y voluntad donde casi no había margen. Reconocer eso no me obliga a romantizar el sacrificio. Me obliga, más bien, a distinguir entre el amor que construyó y las condiciones injustas en las que tuvo que ejercerlo.
Tal vez una parte central de lo que significa ser madre en América Latina pasa por ahí. No solo por cuidar, sino también por reparar. Reparar lo que rompe la guerra, lo que abandona el Estado, lo que desgasta el trabajo precario, lo que deja la violencia a su paso.
Y luego, además, hacerlo de una manera lo suficientemente amorosa como para que el daño no se note demasiado en los hijos.
Por eso me resisto a la imagen de la madre fuerte cuando se usa para cerrar la conversación en vez de abrirla. Mi mamá no nació para ser fuerte. La vida que le tocó la obligó a desarrollar una fuerza que después todos celebran, como si esa fortaleza fuera una esencia y no una respuesta.
Yo no quiero agradecerle a mi mamá el sacrificio como si el sacrificio fuera una virtud en sí misma. Quiero agradecerle el trabajo real de haber sostenido la vida. Quiero reconocer lo que hizo sin volver ideal lo que le tocó.
Ninguna mujer debería aprender a trabajar antes de poder elegir. Ninguna debería criar entre el miedo y la supervivencia. Ninguna debería maternar desde la culpa.
Una sociedad que convierte la sobrecarga de las madres en motivo de admiración no las honra: se sostiene sobre ellas.
Por: Paola Cazarán
