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Primero, mamá. Después, todo lo demás

Primero, mamá. Después, todo lo demás

Quería empezar esta columna hablando de la Bogotá Fashion Week, ese instante en el que la capital colombiana se redefine a través de la moda, entre narrativas de identidad y nuevas formas de expresión. Pero este mes, inevitablemente, me llevó a otro lugar: a uno más íntimo, más esencial. Porque hay algo que, para mí, está por encima de cualquier tendencia: mi mamá.

En medio del ritmo acelerado, pensé en ese gesto casi automático de cada año: un detalle, una fecha marcada, una celebración que parece suficiente. Pero ¿cómo se encapsula en un solo día todo lo que representa una madre? ¿Cómo se traduce en un regalo lo que, en realidad, ha sido presencia constante, incluso en los días más oscuros?

Hemos convertido la maternidad en una celebración cómoda para no mirar lo que realmente implica, como un ritual que cumple, que se ve bien y que tranquiliza, pero que muchas veces evita la profundidad.

Las madres habitan ese territorio silencioso donde todo parece sostenerse. Son ese abrazo que llega justo cuando el mundo pesa más de la cuenta, esa certeza tibia en medio de la incertidumbre. Son quienes, sin hacer ruido, construyen rutinas que terminan siendo refugio: la comida caliente, la palabra precisa, la compañía que no falla.

Y, sin embargo, también son ese espejo incómodo. Con ellas discutimos, nos enfrentamos, nos cuestionamos. Porque amar también implica tensión, y crecer, muchas veces, se parece a disentir. Pero incluso ahí, en esa fricción, hay una forma de cuidado que no siempre sabemos nombrar.

Primero, mamá. Después, todo lo demás.

Tal vez el error ha sido reducirlas a un rol. Olvidar que, antes de ser madres, son mujeres. Mujeres que resisten, que sostienen, que muchas veces disimulan sus propias tormentas para no alterar las nuestras. Mujeres atravesadas por historias propias, por luchas invisibles, por decisiones que no siempre fueron elección.

Y ahí es donde la idea de madre se transforma: deja de ser un ideal estático y se convierte en algo profundamente humano, complejo, imperfecto, poderoso. Porque la fortaleza no siempre está en lo evidente, sino en todo lo que han tenido que cargar para seguir estando.

Hablo desde mi experiencia, desde el privilegio de haber tenido una figura materna que ha sido raíz y guía. Pero también reconozco que no todas las historias son iguales. Hay vínculos difíciles, ausencias, heridas. Y aun así, entenderlas como mujeres, con todo lo que eso implica, abre un lugar distinto: uno más empático, más real.

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Quizás, entonces, el verdadero gesto no está en el regalo, sino en la presencia. En elegir el tiempo, en habitarlo con intención. En decir lo que a veces se pospone, en quedarse un poco más, en suavizar las distancias. Porque, al final, entre tantas cosas que creemos urgentes, hay una verdad que permanece: el tiempo compartido, consciente, imperfecto es el único lujo que no vuelve.

‘Las madres habitan ese territorio silencioso donde todo parece sostenerse. Son ese abrazo que llega justo cuando el mundo pesa más de la cuenta’.


Por: Juanita Villamil Lee


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