La asesoría de imagen fue durante décadas un lujo de pocos. Hoy cabe en un chat de WhatsApp, contesta a cualquier hora y, de paso, se está volviendo una vitrina para la moda latinoamericana.
Son las siete de la noche de un viernes, la cena con amigos es a las ocho y el clóset está encima de la cama. Nada funciona. Lo que ayer parecía perfecto hoy se ve raro, lo nuevo no combina con nada y lo de siempre ya aburre. Casi todos hemos resuelto ese drama de la misma manera, con una foto frente al espejo mandada a la amiga o a la mamá y la pregunta: “¿Y esto con qué me lo pongo?”. Ha sido tan grave ese momento que hasta hemos cancelado el plan, porque definitivamente no encontramos qué ponernos. Esas fotos son la forma más antigua de asesoría de imagen que existe. El problema es que acabamos aprobados por externos, que al final ayudan, pero no resuelven el problema de verdad.
El problema es que la versión profesional de una asesoría de imagen que no sea de la mamá, hermana o mejor amiga, a veces no se encuentra dentro de nuestro presupuesto o no podemos contactarla un viernes por la noche. Porque la realidad es que las emergencias de moda no pasan en horario de oficina, pasan a última hora. Nadie entra en crisis frente al espejo un martes a las diez de la mañana y con cita previa. La crisis llega el sábado en la tarde, con un matrimonio a punto de empezar o el domingo antes de la entrevista de trabajo del lunes.
Lo que está cambiando esa historia es la tecnología, aunque de una forma bastante menos futurista de lo que imaginábamos. Sin robots y sin descargar nada, la asesoría se está mudando a WhatsApp, la aplicación que abrimos antes que los ojos.
Por WhatsApp se piden citas médicas, se venden carros y se organiza la vida entera de una familia; lo lógico era que también se resolviera ahí qué ponerse. Hoy existen aplicaciones de inteligencia artificial que funcionan como ese asesor de imagen. Uno escribe y recibe de vuelta una respuesta concreta: cómo combinar lo que ya tiene y dónde conseguir lo que le falta. Sin embargo, que la tecnología esté al alcance de cualquiera no quiere decir que todas las respuestas valgan lo mismo. Las grandes plataformas del mundo ya están llenando sus aplicaciones de asistentes que sugieren qué comprar, y la mayoría sabe muchísimo de moda en abstracto y casi nada de quien pregunta. No sabe que en Bogotá uno sale de la casa con sol y vuelve empapado, ni qué se consigue de verdad en Colombia y a qué precio.
Un agente aprende solo qué está de moda.
Lo que no aprende solo es por qué una proporción favorece un cuerpo y no otro, qué se pone una invitada en un matrimonio a las cuatro de la tarde en Cartagena y qué en uno de noche en una hacienda de la sabana, o cuándo una prenda cara es una pésima inversión. Eso se lo tiene que enseñar alguien que lleve años tomando esas decisiones.
La tecnología se compra; el criterio, no. Antes de confiarle el clóset a una máquina, vale la pena preguntarse quién le enseñó a decidir.
Y está la otra mitad de la pregunta, la que casi nunca se responde: saber qué te queda bien sirve de poco si no sabes dónde conseguirlo. Durante años, la respuesta automática eran las grandes cadenas internacionales, las mismas prendas en los mismos centros comerciales de aquí, de Madrid o de Miami. Mientras tanto, en esta parte del mundo sobraba talento esperando a que alguien lo encontrara. La sastrería de una marca bogotana, el vestido de baño colombiano que ya se vende en medio mundo o el lino pensado para el calor de verdad de la costa. Diseñadores y marcas con buenas telas y mejores manos, a los que casi nadie llega porque no tienen vitrina en la calle más cara ni dinero para pauta.
Un buen chat de estilo puede ser esa vitrina y además es inmediata, pues WhatsApp es la aplicación más usada del mundo. Cuando la recomendación llega con el nombre de la marca y el enlace para comprar, quien pregunta sale de la conversación sabiendo qué ponerse y dónde encontrarlo. Y la marca aparece, por fin, en el momento exacto en que alguien está decidiendo, un instante al que no llega ninguna valla ni ningún anuncio.
El acceso va en las dos direcciones, porque le sirve a quien quiere vestirse mejor y a la marca que necesita que la encuentren. A cualquiera de estos chats hay que hacerle, sin pena, una pregunta incómoda: ¿me está recomendando lo que me sirve o lo que alguien le pagó por mostrarme? El día en que una sugerencia de estilo se siente comprada, deja de valer. La única regla sana es que una marca no entre por pagar, sino porque le sirve a quien preguntó.
Y aquí pongo las cartas sobre la mesa: yo estoy detrás de ese chat. Se llama Fashion Emergency. Con un equipo de tecnología, datos, derecho y moda nos dedicamos a enseñarle a un sistema a decidir cómo decido yo después de quince años en este oficio, de estudios de asesoría de imagen y estilismo y de llevar una vida entera coleccionando moda y dedicada a esta industria. Este chat sirve para mujeres y para hombres, y vive en WhatsApp porque es ahí donde pasan las emergencias. La idea siempre fue que ese criterio le llegara también a quien difícilmente iba a pagar una sesión de asesoría, y a la hora en que la necesite.
Durante mucho tiempo nos hicieron creer que vestirse bien era cuestión de dinero, de poder pagar un estilista o de viajar a comprar afuera. El estilo siempre fue criterio, y lo nuevo es que ese criterio ya no está detrás de una cita con semanas de espera: cabe en el mismo celular, entre el chat de la amiga, el grupo de la familia y la lista del mercado.
Así que la próxima vez que sean las siete de la noche y medio clóset esté encima de la cama, respira: la emergencia ya tiene quién la atienda. Y si de paso la solución resulta ser la prenda de un diseñador o una marca que no conocías, mucho mejor.
Para empezar a solucionar todas tus emergencias de moda y estilo, aquí puedes resolverlo
todo: www.eleonoramorales.com/asesora
Por: Eleonora Morales
